Ayer fue un día algo movidito. Era el aniversario de mi madre (no os diré cuántos años cumplió porque si no me guisa) y, claro está, como era un día especial, teníamos que ir a comer fuera. Nos decidimos ir a un local situado en Gavà con un nombre acogedor pero que a la vez, tócate los huevos, tiraba para atrás: El racó d'en Madu (no preguntéis).
Resulta que aquél día, en "El racó d'en Madu", había bufé libre. Ya veía yo por dónde iban los tiros de mi madrezuela, qué puñetera que es ella. Pero, al entrar en aquél restaurante con toques rústicos y unos camareros con actitud asustadiza como si de las cejas de Zapatero se tratara, descubrí el verdadero comportamiento del ser humano...
El maravilloso mundo de los bufés libres, señores. Cuando entras en un bufé libre, te sientes observado y obligado a mantener la compostura delante de la gente. Sientes una sensación de agobio constantemente: humo de los malditos cigarrillos, niños corriendo por el medio manchados de chocolate, camareros, más camareros, gente riéndose a carcajadas y las típicas viejecitas rechonchas y borrachas bailando un pasodoble en medio... Un auténtico caos que pondría de los nervios al mismísimo Gandhi.
Cuando ves toda esa jaula de grillos te preguntas, ¿qué coño les pasa que se comportan de ésta manera? Creo que la respuesta tenía prisa en aparecerse, porque la encontré (y la viví) al momento. Es girar tu preciosa y delicada cabeza y dirigir tus ovalados ojazos hacia las bandejas de comida, helados, y demás chuminadas y empezar a digievolucionar. Las uñas crecen desmesuradamente convirtiéndose en zarpas, y la mandíbula se multiplica por dos, dando un aspecto feroz en tu persona. Después de digievolucionar, lo primero que haces, por instinto, es coger un plato descardamente y empezar a coger comida y más comida. ¡Da igual si no te gusta! Es gratis. Venga a coger comida, venga a coger comida. El caso era coger comida. Cuando te das cuenta de tu actitud ya estás zampándote unas patatas bravas acompañadas de "fricandó", sangría y "schweepes" de naranja.
La mesa parecía una jauría de cerdos. Todos comiendo y comiendo sin importarles nada. Yo miraba a mi padre, preocupado, no tenía más hambre y mi digievolución se había ido al garete.
- ¡Come, coño, come! - Gritaba mi padre, como si nunca hubiésemos comido.
Me levanté de la mesa, con los morros manchados de salsa de tomate... Qué asco, me dije a mí mismo, y me limpié de esa asquerosa sustancia rojiza y espesa. Miré al cielo y luego eché un vistazo al comedor. No podía creerlo. Miré al televisor, a ver si podía encontrar un poco de consuelo, pero estaban dando el videoclip de "Antes muerta que sencilla". Decidí salir echando leches de "El raconet d'en Madu" o como coño se dijiese ese lugar.
Fue una experiencia que nunca volveré a repetir... O sí.
Resulta que aquél día, en "El racó d'en Madu", había bufé libre. Ya veía yo por dónde iban los tiros de mi madrezuela, qué puñetera que es ella. Pero, al entrar en aquél restaurante con toques rústicos y unos camareros con actitud asustadiza como si de las cejas de Zapatero se tratara, descubrí el verdadero comportamiento del ser humano...
El maravilloso mundo de los bufés libres, señores. Cuando entras en un bufé libre, te sientes observado y obligado a mantener la compostura delante de la gente. Sientes una sensación de agobio constantemente: humo de los malditos cigarrillos, niños corriendo por el medio manchados de chocolate, camareros, más camareros, gente riéndose a carcajadas y las típicas viejecitas rechonchas y borrachas bailando un pasodoble en medio... Un auténtico caos que pondría de los nervios al mismísimo Gandhi.
Cuando ves toda esa jaula de grillos te preguntas, ¿qué coño les pasa que se comportan de ésta manera? Creo que la respuesta tenía prisa en aparecerse, porque la encontré (y la viví) al momento. Es girar tu preciosa y delicada cabeza y dirigir tus ovalados ojazos hacia las bandejas de comida, helados, y demás chuminadas y empezar a digievolucionar. Las uñas crecen desmesuradamente convirtiéndose en zarpas, y la mandíbula se multiplica por dos, dando un aspecto feroz en tu persona. Después de digievolucionar, lo primero que haces, por instinto, es coger un plato descardamente y empezar a coger comida y más comida. ¡Da igual si no te gusta! Es gratis. Venga a coger comida, venga a coger comida. El caso era coger comida. Cuando te das cuenta de tu actitud ya estás zampándote unas patatas bravas acompañadas de "fricandó", sangría y "schweepes" de naranja.
La mesa parecía una jauría de cerdos. Todos comiendo y comiendo sin importarles nada. Yo miraba a mi padre, preocupado, no tenía más hambre y mi digievolución se había ido al garete.
- ¡Come, coño, come! - Gritaba mi padre, como si nunca hubiésemos comido.
Me levanté de la mesa, con los morros manchados de salsa de tomate... Qué asco, me dije a mí mismo, y me limpié de esa asquerosa sustancia rojiza y espesa. Miré al cielo y luego eché un vistazo al comedor. No podía creerlo. Miré al televisor, a ver si podía encontrar un poco de consuelo, pero estaban dando el videoclip de "Antes muerta que sencilla". Decidí salir echando leches de "El raconet d'en Madu" o como coño se dijiese ese lugar.
Fue una experiencia que nunca volveré a repetir... O sí.
Si señor, un fiel retrato del submundo de los bufés libres xD.
ResponderSuprimirEs por ello que los intento evitar en la mayor medida posible.
PD: ¿una jauría de cerdos? xD
¿No sabes que significa Jauría?
ResponderSuprimirReunión de perros que van juntos de caza... aiba, PERROS. xD
Bueno, esque piara queda demasiado coqueta, estoy contigo Rafalet.
UN SALUDO!!