17 de agosto de 2005

Journey

Me desperté en medio de aquella empalagosa oscuridad que me carcomía. No veía nada más que negrura y mi propio cuerpo. De repente, tras de mí, escuché unos gritos que pronunciaban mi nombre desesperadamente. Me giré y le vi a él, frente a mí, pero cayendo, como si una pared le absorbiese. Gritaba mi nombre contínuamente y yo sólo me dediqué a estar allí parada, observando cómo se alejaba cada vez más de mí, entre gritos y llantos. Reaccioné y corrí hacia él, pero jamás le alcanzaba, ni tampoco noté que me moviese. Me puse a llorar y chillé su nombre.

Pero él desapareció.

Dejé de correr al ver que no llegaba a ningún sitio. Caí de rodillas y golpeé el suelo invisible y oscuro, llena de rabia e impotencia. No estaba. Él ya no estaba. Perdí las fuerzas y caí en la oscuridad, que cada vez era más y más agradable. Penetraba en mí como el aire puro del campo en los pulmones. Sentí que iba perdiendo poco a poco el conocimiento. Qué importaba ya si él había desaparecido. No importaba nada. No me importaba mi vida. Así que cerré los ojos y me dejé llevar por esa cada vez más penetrante oscuridad.

Desperté en una playa de aguas rojas y arenas verdes. El cielo era oscuro como la oscuridad en la que me encontraba, y no había signo alguno de seres humanos. Me levanté y me puse a andar. En medio de aquella arena verdosa, me encontré con una silla corriente y moliente, pero de color azul, y sentado en ella un niño desnudo con la piel muy pálida. Su rostro me era muy familiar. No paraba de mirarme. Cuando me acerqué más a él levantó uno de sus brazos y me señaló, siempre serio, muy serio. Me detuve. No sabía que hacer. El niño tumbó ligeramente la cabeza a la derecha, como un animal, siempre sin dejar de señalarme. Entonces dijo mi nombre, pero su voz no era la de un niño. Por alguna razón que desconocí, su voz era la de él. Negué con la cabeza y miré a ese tapón con incredulidad. Señalándome, dijo otra vez mi nombre con la voz de él, con el tono un poco más alto de lo normal. Entonces me giré como si el cuerpo me lo pidiera. Vi aquél mar de color rojo sangre volverse oscuro, tan oscuro, que parecía engullido por un agujero negro. Miré al niño pero en su lugar estaba él. Me miraba a los ojos y sonreía mientras la oscuridad iba arrasando aquél estrambótico paisaje. Me dijo que no tuviera temor a nada. Que pronto nos volveríamos a ver, que aquello era sólo el principio. Cuando quise decir algo él ya desapareció, y en menos de unas fracciones de segundo después, la oscuridad me engulló de nuevo.

Entonces lo comprendí: Estaba muerta.

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