El amante estaba sentado en su lado de la cama, únicamente cubierto por las sabanas blancas de la dama que dormía plácidamente en su correspondiente lado. Sin levantarse, el hombre abrió el cajón de una mesita de noche que estaba a su lado y sacó un paquete de tabaco. Cogió un cigarro y se lo llevó a la boca. Luego, con el mechero que también estaba dentro del paquete, prendió fuego al pitillo. Caló hondo, saboreó el humo y dejó que se adueñara de sus pulmones, consciente del daño que se estaba infligiendo. Luego expulsó aquel vaho adictivo.
De nuevo, se tumbó en la cama, con el cigarro encendido, y mirando siempre a la mujer dormida que tenía al lado. No paró de mirarla ni un solo instante. Observó todos sus rasgos: sus ojos, la suave comisura de sus labios pintados de carmín, sus dorados cabellos... Negó con la cabeza y se preguntó si algún día podría vivir sin ella, si algún día podría dejar de observarla de aquél casi obsesivo modo. Se preguntó si estaba enamorado de verdad. Todo había empezado con una vacua provocación por parte de ella en aquél autobús, o eso creía; los hombres siempre piensan que todo empieza con una provocación de las mujeres. Son así por naturaleza. Tan incompatibles y tan semejantes a la vez.
Alargó su mano hacia los cabellos de ella para acariciarlos con sumo cuidado, como si fueran algún tipo de material que con un simple movimiento brusco se desintegrase en el acto. Y ella abrió sus ojos y miró a los de su amante. Los dos sonrieron y se fundieron en un abrazo.
¿Podría seguir todo tan perfecto como entonces?
De nuevo, se tumbó en la cama, con el cigarro encendido, y mirando siempre a la mujer dormida que tenía al lado. No paró de mirarla ni un solo instante. Observó todos sus rasgos: sus ojos, la suave comisura de sus labios pintados de carmín, sus dorados cabellos... Negó con la cabeza y se preguntó si algún día podría vivir sin ella, si algún día podría dejar de observarla de aquél casi obsesivo modo. Se preguntó si estaba enamorado de verdad. Todo había empezado con una vacua provocación por parte de ella en aquél autobús, o eso creía; los hombres siempre piensan que todo empieza con una provocación de las mujeres. Son así por naturaleza. Tan incompatibles y tan semejantes a la vez.
Alargó su mano hacia los cabellos de ella para acariciarlos con sumo cuidado, como si fueran algún tipo de material que con un simple movimiento brusco se desintegrase en el acto. Y ella abrió sus ojos y miró a los de su amante. Los dos sonrieron y se fundieron en un abrazo.
¿Podría seguir todo tan perfecto como entonces?
Muy bueno. Estás que te sales últimamente.
ResponderSuprimirSerá que estás enamorado, jiji...
Y ahora participa en el post de las cosas indignantes. Ya sabes dónde.