No podía mover la espalda. Mis extremidades estaban totalmente paralizadas. Sentía el escozor en las palmas de mis dos manos debido a la fuerza con la que agarraba ese par de maravillosas Sig-Sauer P220. Ese cabrón hijo de puta engreído de Miller apretaba mi frente con el cañón de su mierda de pipa como si fuese un jodido botón de un jodido ascensor. Le miré con odio y él captó el mensaje. Soltó una sonrisita maliciosa y apretó aún más fuerte contra mi frente. Sólo podía gruñir y cagarme en todo lo relacionado con ese hijo de perra. De repente se oyeron pasos al otro lado de la puerta que conectaba la oscura y húmeda habitación en la que estábamos con el amplio pasadizo de la mansión de la señora Dawson. Era él. Estaba seguro. Los pasos cesaron y la puerta comenzó a abrirse lentamente. Miller se giró para ver quién diablos era. La silueta que los dos veíamos no era muy alta, ni tampoco muy corpulenta. Sí, a pesar de que no podía moverme por temor a que Miller me volara los sesos instintivamente, reconocí aquella figura misteriosa que nos observaba.
- ¿No crees que deberías apuntar eso a otra parte? – dijo Steve con tono chulesco y las manos reposadas en su cinturón de cuero.
- ¿Qué haces tú aquí? – preguntó Miller, nervioso. Steve empezó a andar despacio, tan despacio o más como cuando abrió aquella puerta, y tranquilamente, muy tranquilamente.
- Vengo a… buscar algo. Algo que sin duda alguna me pertenece.
Miller se puso aún más nervioso. Por la expresión de su rostro comprendí que había reconocido a Steve.
Al sanguinario Steve.
Al sanguinario y temible Steve.
Steve no era un mal tipo, qué va. Seguramente sería el mejor amigo que podrías tener en aquella maloliente ciudad. Pero el tio estaba un poco loco. Sólo os diré que das gracias a Dios por no contactar con él un día en el que esté tremendamente irritado por cualquier estupidez.
- No… Él ya no es tuyo… ¡No! – dijo desesperadamente Miller.
De repente noté cierta falta de paciencia en Steve. Algo gordo estaba a punto de pasar, y es que cuando a Steve le tocan los huevos, él es más persistente y luego sabe colocárselos mejor que antes, siempre con cierto toque de chulería. Por desgracia para Miller, Steve continuó andando, lentamente y siempre con las manos reposadas en su oscuro cinturón, ojo avizor y jugueteando con su bigote canoso y la nariz. Luego, con su mano derecha, y siempre tranquilamente, apartó su negra gabardina para mostrar su bellísima Mágnum, calibre 44 y cañón de seis pulgadas. Lo que Miller no sabía es que al otro lado del cinturón, tenía otra, y en menos de que cantara un jodido gallo, podría volarle los huevos con esa misma pistola, pensando que iba a disparar con la única que tenía a la vista. Muy típico de Steve. Entonces Miller, fruto del nerviosismo que carcomía su mente y su cuerpo, dejó de apretarme con el cañón de su mierda de arma para apuntar a Steve, dejándome libre. En menos de un segundo miré a Steve, y él me guiñó el ojo.
- ¡No te muevas! – gritó Miller.
En aquél preciso instante, alcé mis dos brazos y con mis amadas apunté al cuello de ese desgraciado. Le llamé. Me miró. Y pronto se dio cuenta de su error. No debió bajar la guardia mirándome, ya que Steve perforó su estómago con sus temidos –y respetados- revólveres, para a continuación llegar mi turno y no parar de dispararle al cuello hasta que los condenados cargadores se vaciasen. Instantes después, Miller estaba criando malvas en la moqueta granate de aquella habitación.
Steve y un servidor salimos de allí, no sin antes disculparnos a la señora Dawson del paquete que le dejábamos. “Ya se apañaría, para eso tiene el hijo que tiene”, pensé.
- No vuelvas a meter la pata como la has metido, ¿me has entendido bien? – me dijo Steve nada más salir de aquella mansión.
- Sí, le aseguro que no volverá a ocurrir – respondí.
- Tu misión era acabar con el hijo de puta de Larry, no dejarle escapar y que su apestoso hijo acabara siendo un criadero de gusanos en la habitación de la señora Dawson. ¿Qué les diremos al cliente, eh? Dímelo, ¿qué les diremos? Eres muy caro, Jeffrey, y cuando se enteren de que has dejado escapar a tu presa te colgarán.
- Eso no ocurrirá. Quédate aquí y límpiale la habitación a la señora Dawson. Yo cojo prestado tu coche e iré a buscar a ese cabrón. Esta vez no bajaré la guardia, te lo prometo. – no sé ni como diablos dije eso, era la primera, y seguramente la última vez, que le daba ordenes a Steve.
- ¡A mí no me des ordenes, jovencito! ¡Yo soy tu creador y harás lo que yo te diga! ¿Me has entendido? – gritó Steve furioso, deteniéndose a dos o tres pasos de mí. Sonreí y asentí. Subí al coche y pisé fondo.
Iba a terminar aquél encargo.
Jeffrey siempre termina un encargo.