Me lo temía.No por el tropiezo del año pasado de Woody Allen con Cassandra's dream (a la cual le rebajé la nota, por cierto), sino por todo el circo mediático que se montó en todos los sentidos alrededor de Vicky Cristina Barcelona antes, durante y después de su filmación en la ciudad condal, el verano pasado. Se veía un comportamiento babosero y pelota de productores locales y de la farándula barcelonesa para con Woody que quitaban las ganas de seguir comiendo pan con tomate y de cantar Els Segadors. Y la sensación de que el director neoyorquino vino aquí por trabajo a dirigir una película escrita por encargo, más que por amor a Barcelona, tal y como aseguraba (probablemente por encargo...) seguía aumentando en mi interior.
Hoy se me ha confirmado, y como ya he dicho, me lo temía.
La historia está totalmente falta de inspiración. Existe una ironía sobre el amor y la vida en pareja, pero no cala. Como comedia, funciona, pero nada más salir de la sala, uno ya se ha olvidado de ella.
Pero lo más grave no es eso, sino que como ya he dicho, es la sensación prácticamente omnipresente de estar viendo algo por encargo. Y, más que por la historia, es básicamente por el lugar donde tiene lugar.
¿Barcelona? Oh sí, Barcelona. ¿Qué tengo en contra de Barcelona? ¡Nada, por el amor de Dios! ¡Amo Barcelona! Ya que en la historia tiene un lugar importante el arte, os pondré el ejemplo de un cuadro para explicarme mejor: Imaginad que Barcelona es el lienzo de un cuadro, y la pintura, la historia que se nos cuenta, los personajes, las situaciones... ¿Qué pasa si se le da más importancia al lienzo que al cuadro en sí mismo? ¡Ah! Uno no está pendiente de lo que le intentan contar, de zambullirse en la historia y saborear sus protagonistas, sino en dónde lo cuentan y por dónde pasan aquellos.
La decisión de introducir en off un narrador totalmente ajeno tampoco ayuda. Distrae (seamos francos, la voz de Luís Posada no es la más adecuada para ejercer de narrador) y evidencía aún más todas aquellas escenas diseñadas exclusivamente para que Barcelona luzca palmito. Se le debería dar más importancia a la historia, y no al lugar donde acontecen los hechos ni a dónde van o dejan de ir los protagonistas.
Es una película desconcertante, ya que Woody Allen está presente, incluso su sentido del humor se permite algunas apariciones estelares, y su elegancia filmando y con los diálogos siguen ahí, aguantando como pueden la edad del célebre director... pero comienza a ser irreconocible, y los palos en las ruedas que me juego el cuello que ha puesto Jaume Roures para que 1.- Barcelona esté en el título (más absurdo y surrealista no podía ser) y 2.- Barcelona luzca, luzca y LUZCA, acaban de minar algo ya de por sí interesante y transformarlo en un episodio anecdótico de un culebrón que viene de regalo en una revista de turismo.
No, así no.
Terminar aclarando que el reparto está bien, pero no mata. La que más destaca es sin duda Rebecca Hall, que es la protagonista pero que sin embargo, por aquellas ironías de la vida (supongo que económicas), no aparece en el cartel. Ah, sí, y Scarlett Johansson demuestra, una vez más, lo pésima que es como actriz.
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