23 de agosto de 2009

Voyage à Paris! 2ª parte: Louvre, Campos Elíseos, Campo de Marte y Torre Eiffel al anochecer

En un principio, las vacaciones son sinónimo de tomar un respiro de la rutina diaria, y sobretodo, de descanso. Bien, una parte la cumplimos… pero la otra, no.

Lunes en París. En la habitación del hotel dos chicas y un servidor dormíamos plácidamente. Las chicas (habituales lectoras de este blog, cómo no) en la cama de matrimonio. Servidor, en la litera. Aún no daban las seis y media de la mañana, cuando el despertador empezó a sonar. Teníamos que estar a las siete y media en la parada del autobús, para coger el tren que nos llevaría al centro. Así que venga, hala, arreando que es gerundio: turnos para la ducha (que estaba en un cuarto de baño minúsculo y con paredes de papel, es decir, que el pobre no sabía lo que significaba la intimidad; los Etap son maravillosos), y a vestirse y a arreglarse en menos de una hora. Dividido entre tres personas: veinte minutos cada uno. Aunque a decir verdad, debería dividirlo entre dos mujeres y un hombre.

(El chiste no es mío, me lo han escrito, que conste para la lluvia de sillas que podría caer en cuestión de segundos sobre mi casa y, concretamente, sobre mi habitación y, para muchas más señas, sobre mi cabeza).

Tras un corto viaje en autobús (apenas dos paradas del hotel a la estación; poca distancia pero mucho lío de camino), a por el tren, y en quince o veinte maravillosos minutos, repletos de ruido y falta de aire acondicionado (hechos relacionados), nos plantamos en la Rue du Pont Neuf, camino al Museo del Louvre. La felicidad y la libertad me embargaron. Caminaba por el centro de París, un lunes a las ocho y media de la mañana, lo que significaba calma y tranquilidad. Poco agobio, poca gente; nosotros, madrugadores franceses, y la calle. No podía pedir nada más que lo que estaba haciendo cuando lo estaba haciendo.
No tardamos poco menos de diez minutos en llegar al Louvre. Unas cuantas fotos al pie de la Rue de Rivoli, y entramos al patio interior del museo más importante del mundo. Más fotos y más caras de alucinados ante la arquitectura del Palacio. Nuestra última visita con el instituto fue rápida, pobre en detalles y en entusiasmo, al ser infinitamente más canijos tanto en cuerpo como en mente, pero sobretodo, cansados por el viaje. Pero esa es otra historia.

A nuestra derecha, la puerta que daba acceso a la gran explanada donde está ubicada la famosa pirámide de cristal, acceso principal al museo, además de hall y centro comercial. El museo abría a las nueve de la mañana, así que faltaba como un cuarto de hora para que abrieran las puertas. Sin embargo, la cola era considerable, así que había que hacer bondad y ponerse en ella cuanto antes. Afortunadamente no fue ningún suplicio, y en cuestión de veinte minutos pasamos los controles de seguridad y compramos las entradas. Nueve euros cada una. Teniendo en cuenta dónde estábamos y la cantidad de cosas que íbamos a ver, personalmente me pareció una ganga.
Sin duda aprovechamos muy bien la mañana. Cuatro horas de museo y vimos prácticamente todo lo que queríamos ver. Empezamos por la planta baja, con esculturas y antigüedades griegas, para luego dar paso a las correspondientes del Egipto faraónico. Levante, Antiguo Irán y Mesopotamia. Historia allí, entre esas paredes y esos cristales. Fascinación… y cansancio, porque anduvimos más que la madre de Cristo Bendito. Después de aquello, que no fue moco de pavo, las pinturas. Cuadros, cuadros y más cuadros. Fue como viajar en el tiempo constantemente. Vimos de todo: pinturas francesas, holandesas, alemanas e italianas. En mi mente dos en especial: La Liberté guidant le peuple (“La Libertad guiando al pueblo”, de Eugène Delacroix; 1830) y Le Sacre de Napoléon (“La Coronación de Napoleón”, de Jacques-Louis David; 1805), dos inmensas obras de arte a las que dediqué toda la atención del mundo por un par de minutos cada una.

Después vimos la Gioconda, pero como ya la vimos hace años y, además, estaba atestado de gente, como si aquella mujer del siglo XVI repartiese bocadillos de chorizo y zumos gratis, pues sudamos y nos fuimos sin prestarle mucha atención (obviamente si estuviera repartiendo todo aquello nos hubiéramos quedado).

El cansancio (y por ende la mala leche) hacían estragos en nosotros, agotados de esculturas, cuadros y caminar. Iban a tocar la una y media del mediodía, así que tocaba ir a comer sí o sí para reponer fuerzas, por muy complicado que pareciera. Anduvimos unos diez minutos en busca de algún lugar rápido y barato, pero no tuvimos mucha suerte hasta que vimos una pizzería en una calle escondida. Una pizza, en esos momentos, iba a ser la panacea de todos nuestros males. El lugar era una pizzería que soy incapaz de ubicarla en Google Earth por mucho que busque xD, pequeñita y aparentemente típica de la ciudad. Tan típica que no tenía ni aire acondicionado, como el puñetero transporte público. En fin, comimos como si llevásemos años sin hacerlo, pero nuestros pies seguían doliendo y la muy zorra de la morriña estaba constantemente al acecho.

Pero decidimos mandarlos a tomar por culo. Porque si no, no íbamos a ver una puta mierda.
Nos armamos de valor y dando media vuelta volvimos a los alrededores de la pirámide del Louvre, pero esta vez en dirección al Arco de Triunfo del Carrusel y el Jardín de las Tullerías, dispuestos a llegar a los Campos Elíseos. De camino vimos una noria bastante grande y muy popular en el lugar. Queríamos montarnos, pero nos quedamos con las ganas, ya que nos entró una risa muy tonta al ver que cobraban seis eurazos “de nada”. El paseo se nos hacía eterno, así que nos sentamos un momento antes de llegar a la Plaza de la Concordia. Flipamos con la tranquilidad que se respiraba allí, en pleno centro de la ciudad. Pero sobretodo flipamos con el civismo parisino, imposible en Barcelona, por poner un ejemplo cercano. El Jardín de las Tullerías estaba plagado de “bancos móviles” individuales. Si tú te quieres sentar allí tienes que buscar uno de ellos, cogerlo y ponerlo donde te apetezca, y hala, a descansar y a disfrutar del lugar. No faltaba ni uno y los grafittis eran una “rara avis”. Aquí en Barcelona habrían volado en cuestión de días, y los pocos que quedasen ya no conservarían su color original, ahogados por la tinta de rotuladores permanentes.
Un cuarto de hora después ya volvíamos a estar en marcha, mal que a nuestros cuerpos les pesase. Vimos la Plaza de la Concordia que tiene un par de fuentes muy chulas y el famoso Obelisco de Luxor. Fue allí en esa plaza donde la Revolución Francesa colocó la guillotina, y donde Luis XVI y María Antonieta fueron ejecutados "perdiendo la cabeza".
De repente, la Avenida de los Campos Elíseos. Los franceses suelen llamarla “la avenida más hermosa del mundo” (“la plus belle avenue du monde”), y ciertamente, no era para menos. Su entrada se confunde con el Jardín de las Tullerías, siguiendo la misma tónica de jardines, pero esta vez más “urbanizados” y llenos de paraditas adorables donde comer y beber algo, irónicamente, a precio de rey (todo muy caro: un refresco de 50cl. unos 3.50 €; si se va en un día caluroso donde la sed es tu compañera del alma, tu bolsillo pedirá clemencia chillando como un gorrino). Mientras nuestros pies entraban en estado de putrefacción, nosotros atravesábamos la avenida entera, desde la rotonda que ponía fin a todos los jardines y empezaba lo más “chic” de la ciudad, hasta el mismísimo Arco del Triunfo, donde descansamos de la descomunal caminata (unos 3.10 kilómetros), para después coger el metro hasta Cluny - La Sorbonne, donde subimos por la Rue Saint-Jacques en busca de algún supermercado donde comprar algo de cena, bebida barata y desayuno para el día siguiente. Nos encontramos cara a cara con el Panteón, y tras deambular unos minutos encontramos el típico badulaque barato, donde más o menos se cumplieron nuestros sueños (o se satisficieron nuestras necesidades) más efímeros. Fue allí donde una amiga tuvo que hacer tripas corazón, y pagar nada más y nada menos que SIETE EUROS CON NOVENTA CÉNTIMOS por un bote de gomina pequeño, para salir del paso con los problemas que todo buen viajero burgués tiene con su cabello supuestamente domesticado.

Las anécdotas no se acabaron. Volvimos al metro para ir hacia la torre Eiffel: estaba anocheciendo y nos apetecía tumbarnos en los céspedes del Campo de Marte para ver cómo se iluminaba. Fuimos hasta la parada La Motte-Picquet – Grenelle, donde vimos un cartel ENORME de Brüno que ocupaba parte de la pared de la estación. Como era la leche, nos sentimos obligados a hacernos una foto en grupo con él. Pero no contábamos en nuestros planes con el fundamentalismo religioso (o simplemente alguien que no ha pillado la película, algo que en realidad no es tan complicado para seres humanos inteligentes). En la décima de segundo posterior de hacernos la foto, una mujer de mediana edad, muy delgada y con un velo alrededor de su cuello, empezó a arrancar de la pared el cartel de Brüno con ímpetu e indignación. No nos miró en ningún momento, solamente se limitó a ir arrancando el cartel, pegadísimo a la pared y con la mejor cara que Sacha Baron Cohen podía hacer como Brüno impreso en él. Nos íbamos alejando de allí, pero sin dejar de observar esa escena, que no sólo nos hizo mucha gracia por su carácter estrambótico, sino que en cierta medida nos llegó a indignar. La mujer, viendo que no podía arrancar más (apenas cinco trozos muy pequeños de la parte inferior), miró firme a Sacha y se puso el velo (no, no parecía musulmana, más bien una católica de lo más rancia). Otra mujer le llamó la atención de forma amable, pero ya estábamos demasiado lejos para intentar deducir lo que pasaba. Yo simplemente la habría empujado a las vías, no sin antes hacerme una foto con ella intentando arrancar el cartel.

Campo de Marte, ocho y veinte de la tarde. Como aún era temprano, fuimos a un pequeño puesto de crepes que había allí mismo. Morimos con las crepes de Nutella tan buenas que una mujer francesa muy simpática nos hizo. Eran caras, pero diablos, ¡estábamos al lado del a torre Eiffel! Después fuimos en busca de algún servicio público para poder descargar nuestras vejigas, pero no tuvimos mucha suerte.
Breve vista a un par de tiendas de souvenirs y de regreso al Campo de Marte. Todos nos tumbamos en el césped que hay justo al lado del callejón Maurice Baumont para observar la torre Eiffel iluminada. A nuestro alrededor, gente de todas partes del mundo haciendo lo mismo que nosotros. Algunos bebían champán y todo. Cuando tocaron las diez de la noche, la torre empezó a brillar durante cinco minutos. Un breve pero precioso espectáculo para la vista, que sin duda fue todo un broche de oro para nuestro segundo día en lo que era, ahora sí que fuimos testigos de ello, la ciudad de la luz.

6 comentarios:

  1. Maldita cerda, se sentia orgullosa de manifestar su fundamentalismo o algo que tenía que dar la nota de ese modo.

    Siempre podría haber pasado de comprarme la gomina, ni espuma ni na, pero es que no quería parecer la loca del pueblo, que es exactamente lo que parezco cuando me lavo el pelo y no le pongo nada, sin exagerar.

    3.10 kilometros andamos?? Le has sumado lo del Louvre?? porque eso hacen unos 5... y lo más importante: CON CONVERSE. Con converse equivale a 7,5 kilometros. En mi próximo viaje bambas gordas todos los días o hasta botas de montaña y un palo pa andar jajajaja.

    ResponderSuprimir
  2. Vaya, tan solo puedo decir un par de cosas sobre esta serie de entradas sobre tu "escapada" a París:

    1. Me das envidia, mucha envidia... pero de la sana xD.

    2. Ya me contarás por cuánto sale más o menos el viajecito de marras, que me has puesto los dientes largos.

    3. Espero que si algún día me animo a "escaparme" me dejes utilizar tus escritos como guía de viaje.

    Un saludo.

    ResponderSuprimir
  3. @Skyguso Por supuesto, siéntete libre de usar las entradas como quieras. :P

    Cuenta con más de 200 € como mínimo xD.

    ResponderSuprimir
  4. Siento restarle magia al asunto pero en lo del tiempo para arreglarse hay un poco más de ficción narrativa de la cuenta porque no recuerdo ningún conflicto (importante) al respecto jajajajaja.

    ResponderSuprimir
  5. Querida Reich... habrá que insertar algún que otro elemento dramático, ¿no? Jajajaja.

    ResponderSuprimir

Recuerda que un blog vive gracias a tus comentarios. :)