Hará un tiempo apareció un vídeo hecho en clave de humor para promocionar un canal de música, el “Amo a Laura”, donde se hacía mofa de un modo de vida en particular y perfectamente respetable. Más recientemente, en la serie de televisión Física o química, hacía acto de presencia un personaje evangelista que creía en mantenerse virgen hasta el matrimonio. La serie lo trató con cierta dignidad durante su presentación, pero luego cayó en la auto parodia, en el “jijiji jajaja” del observar y cuestionar las creencias de alguien por tener la edad que se tiene sin haber follado, actitud innegablemente presente en este teatrillo de sociedad que tenemos montado.Existe un anuncio de televisión con muchos años a sus espaldas en el que una mujer se pasa medio día cocinando para que el marido pueda tener la mejor cena que pueda imaginarse tras llegar del trabajo. La mujer muestra una actitud sumisa y esclava ante su marido, pero siempre positiva, pues en teoría ese es su deber; mientras que él está encantado de la vida, comprensivo y consciente ante el enorme trabajo que le ha dedicado su esposa. En una muestra de cariño, el marido le dedica una sonrisa a su mujer, y ésta le responde con otra, pensando que tanto esfuerzo había merecido la pena. Ante semejante exhibición de machismo pasivo, personalmente creo que la reacción general del que lo vea sería un rebufo de asco, pero comprendiendo que, sin duda, eran otros tiempos.
Todas estas situaciones me parecen realmente curiosas cuando actualmente se está ensalzando una saga como la de Crepúsculo. No soy capaz de comprender cuál es el motivo real del éxito de una serie de libros y películas tan conservadoramente rancias como mediocres y carentes de sustancia verdadera. Me pregunto dónde habrá quedado la capacidad de leer entre líneas e interpretar, de saber distinguir entre la calidad y la medianía. Tampoco puedo creerme que nadie sepa ver la explícita naturaleza mormona de la saga, algo que no debería extrañar debido a que Stephenie Meyer pertenece a La Iglesia de Jesucristo de los Santos de los Últimos Días, congregación religiosa que por su nombre e ideología echará atrás a más de uno y de una. Pero, sin duda, es lo que tiene que la realidad no esté adornada de vampiros castos con los ojos dorados que brillan a la luz del sol (la idealización de lo luminoso, lo santo) y licántropos apuestos de tez oscura e ira fácil (lo propio con lo oscuro y profano, y por tanto infernal). El componente fantástico de la saga, que no es más que una excusa baratísima para disfrazar conflictos tan primigenios como redundantes, es prácticamente prostituido por Meyer para colarnos sus creencias: si Bella y Edward (que por cierto, apenas mantienen contacto físico) no realizan un determinado tipo de rito, es imposible que su amor pueda consumarse. Mientras eso no sucede, la tentación y el dolor físico son los protagonistas: la castidad es una gran losa que pesa hasta la extenuación, pero necesaria para alcanzar la culminación entre la unión de un hombre y una mujer y la formación de una familia, y por ende, la felicidad.
Mientras tanto, Bella es maltratada ferozmente. Es la celebración (o el colmo) de la auto destrucción de un individuo, de la puta cultura emo, y cómo no de la sumisión al hombre, algo que viniendo de una historia concebida en pleno siglo XXI me parece insultante. El personaje interpretado en las películas por Kristen Stewart es capaz de preferir estar depresiva durante meses, de auto inflingirse daños indeseables tanto físicos como psicológicos e incluso de dar su propia alma (o de vivir una no vida) por estar con Edward, un vampiro encarnado por un lumbreras (Robert Pattinson) que tiene el mismo talento interpretativo que una goma de borrar, y que desde luego no aporta ningún aliciente palpable para mantener una relación con él. Es el amor, dirán. Desde luego, el amor no hace que dejes tirada a tu chica en medio del bosque por ser un cobarde inmaduro que no es capaz ni de protegerla de cualquier adversidad. La actitud posterior de Bella con Jacob (jugar y tontear con él para que a la mínima de turno se vuelva a ir con el Respecto al sentido romántico, es cuanto menos sonrojante. El romanticismo verdadero (leed a Shakespeare, me cago en Dios) está ausente en todo momento, dando paso a la bobaliconería de todo a cien, de agenda de instituto, de niñata cursi que escribe su declaración de amor en una carta de olor citando canciones de Bom Bom Chip, Backstreet Boys y Jonas Brothers, con frases literales como “Tú eres mi mundo” o “Tú me haces respirar”. Siglos de historia, literatura y romanticismo para llegar a estos extremos tan facilotes como faltos de imaginación.
Luna Nueva, la película propiamente dicha, tampoco se queda atrás respecto al fenómeno en general. No puedo imaginarme cómo puede gustarle a alguien una película como ésta, tan detestable como insulsa, larguísima, lenta y aburrida y carente de clímax. Mientras que Crepúsculo se libraba de ello, Luna Nueva no puede remediar caer en el síndrome de la adaptación literaria fácil: que no pase nada.
Porque si una película empieza bien y acaba bien (o empieza mal y acaba mal) y no ha supuesto algo de lo que sus protagonistas puedan aprender, es que no ha pasado absolutamente nada.
Y esto ya no es cuestión de gustos, sino de pura matemática.
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