“Quien apoye, vote o promueva la ley está en pecado mortal público y no puede ser admitido a la sagrada comunión”.

Estas palabras han salido recientemente de la boca del jesuita Juan Antonio Martínez Camino (je, qué apellido más curioso...), portavoz de los obispos y obispo auxiliar del cardenal Antonio María Rouco Varela, en una rueda de prensa de la Conferencia Episcopal.
Pues nada: Que le jodan a la sagrada comunión. Viva el pecado, viva la excomunión. Abajo el mortal, claro, que quede constancia de ello, aunque no me pronunciaré sobre el aborto porque no soy mujer ni aún no me he visto en la delicada situación de dejar embarazada a alguna; y porque es un tema con tantos y tantos matices que por eso, precisamente por eso, me toca las narices la Conferencia Episcopal y toda esa gente que se manifiesta con críos vestidos con sus atuendos de domingo, con sus cocodrilos de Lacoste y sus cabellos perfectamente suavizados y peinados hacia un lado, como si abortar no sólo fuese la alegría de la huerta, Sodoma y Gomorra, Saw VI y demás, sino que del coño de la mujer saliera un crío de siete años con dientes de leche formados.
Pero al quid: A Juan Antonio Martínez Camino le diría que menos amenazas, que uno no puede tachar de asesinos y herejes a los diputados católicos que vayan a votar a favor de la mal llamada nueva Ley del Aborto, por mucha sotana que vista y mucho crucifijo que cuelgue de su alzacuellos. Le diría que estoy de acuerdo con él sobre la libertad religiosa de este país (que, de momento, es más bien escasa, y si no que se lo digan a los musulmanes), pero que eso no significa precisamente que se tenga que estar mirando constantemente el ombligo. Por fortuna, dentro de esa Iglesia tan Católica y tan Romana no todo es blanco como el cielo ni negro como algo que ahora mismo no quiero decir: existe la escala de grises, e incluso todo el espectro de colores. Lamentablemente, estamos hablando de una secta que ni siquiera es democrática, por lo tanto muy poco se puede hacer al respecto.
Ya no es sólo el hecho de amenazar, y cito textualmente:
Pues nada: Que le jodan a la sagrada comunión. Viva el pecado, viva la excomunión. Abajo el mortal, claro, que quede constancia de ello, aunque no me pronunciaré sobre el aborto porque no soy mujer ni aún no me he visto en la delicada situación de dejar embarazada a alguna; y porque es un tema con tantos y tantos matices que por eso, precisamente por eso, me toca las narices la Conferencia Episcopal y toda esa gente que se manifiesta con críos vestidos con sus atuendos de domingo, con sus cocodrilos de Lacoste y sus cabellos perfectamente suavizados y peinados hacia un lado, como si abortar no sólo fuese la alegría de la huerta, Sodoma y Gomorra, Saw VI y demás, sino que del coño de la mujer saliera un crío de siete años con dientes de leche formados.
Pero al quid: A Juan Antonio Martínez Camino le diría que menos amenazas, que uno no puede tachar de asesinos y herejes a los diputados católicos que vayan a votar a favor de la mal llamada nueva Ley del Aborto, por mucha sotana que vista y mucho crucifijo que cuelgue de su alzacuellos. Le diría que estoy de acuerdo con él sobre la libertad religiosa de este país (que, de momento, es más bien escasa, y si no que se lo digan a los musulmanes), pero que eso no significa precisamente que se tenga que estar mirando constantemente el ombligo. Por fortuna, dentro de esa Iglesia tan Católica y tan Romana no todo es blanco como el cielo ni negro como algo que ahora mismo no quiero decir: existe la escala de grises, e incluso todo el espectro de colores. Lamentablemente, estamos hablando de una secta que ni siquiera es democrática, por lo tanto muy poco se puede hacer al respecto.
Ya no es sólo el hecho de amenazar, y cito textualmente:
“El Estado no puede imponer una mayoría moral a todos, ni aunque fuese la católica. El Estado no es el educador de la sociedad, ni puede imponer principios morales”.
¿Desde cuándo el Estado ha querido imponer una moral con la dichosa Ley? Discrepo con usted, obispo Juan Antonio. Creo que lo que ha hecho el Estado es ampliar la libertad de elección de los ciudadanos. La posibilidad de elegir. En ningún momento se impone el aborto a nadie. Si Ana Botella quiere tener veinte hijos, que los tenga. Si quiere abortar veinte veces (algo tan exagerado como improbable, porque significaría la locura), que lo haga. Y allá cada cual con su moral y sus equiparaciones, sin meterse en la vida privada de ninguna madre y de ninguna pareja en ningún momento.
Pero Padre, no me sea usted hipócrita tampoco. Usted y yo sabemos que la Iglesia Católica, si pudiera, impondría su moral a todos y cada uno de los seres humanos (evangelizar, lo llaman). Si tuviera la oportunidad, impondría sus principios morales, y desde luego serían los primeros en auto proclamarse educadores de la sociedad. Y es algo que lo ha demostrado a lo largo de la historia, tanto de una forma como de la otra, desde el momento en el que tiene el poder institucional suficiente como para arrodillar a todo el Imperio Romano a sus sagrados y cristianos pies.
Pero Padre, no me sea usted hipócrita tampoco. Usted y yo sabemos que la Iglesia Católica, si pudiera, impondría su moral a todos y cada uno de los seres humanos (evangelizar, lo llaman). Si tuviera la oportunidad, impondría sus principios morales, y desde luego serían los primeros en auto proclamarse educadores de la sociedad. Y es algo que lo ha demostrado a lo largo de la historia, tanto de una forma como de la otra, desde el momento en el que tiene el poder institucional suficiente como para arrodillar a todo el Imperio Romano a sus sagrados y cristianos pies.
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