
Sobre las siete de la tarde del pasado miércoles, mi querida hermana y yo nos dirigíamos en coche de camino a Sant Just Desvern, al plató donde se celebran las galas de
Operación Triunfo, para asistir como público precisamente a la gala 0 de la nueva edición. Al llegar vimos el percal de la fauna que nos acompañaría durante las próximas cinco/seis horas. Había de todo un poco, la típica panda de niñatos y niñatas modernuquis o yolis o marujas de barrio que ven
Telecinco cada tarde. Al final, gracias al cielo, no acabó resultando ningún inconveniente, ya que todos eran la mar de majos.
En fin, al llegar ocurrió exactamente lo que pasó con el día de
La Tribu (
click!), pero mucho mejor organizado todo (normal, éramos como mil quinientas personas que gestionar). Esta vez no había carpa para cenar, sino que nos mandaban directamente frente a la puerta de la nave industrial donde está el escenario para hacer cola. Nos dieron una bolsa con una botella de agua, un bocadillo de pan de molde igual de asqueroso que el que nos dieron en
La Tribu y una bolsa de Ruffles onduladas. Delicioso y gratis. Bueno, gratis un decir, claro, porque pagamos una hora y media de nuestras vidas por estar ahí plantaos como pinos hasta que se acordaron de nosotros y nos vinieron a buscar.
Nueve y cuarto de la noche. Media horita para que empezase la gala. Los regidores se empiezan a dar caña y comienzan a colocar a familiares de concursantes y público dentro. Muy poco a poco y con mucha calma. Cuando mi hermana y yo llegamos a la puerta de la nave industrial, a ritmo de tortuga, y a punto de entrar en el escenario, el griterío y el ambiente de fanático loco empezó a aflorar en el ambiente. Hacían acto de aparición el ganador de la cuarta edición,
Sergio Rivero, y unos cuantos más que al resto de la humanidad le importa un bledo.
Gritos, autógrafos, carreras y flashes. Ah, allí me di cuenta de dónde me había metido.
La cola avanza unos metros. Ya estamos dentro de la nave, pero no del escenario. Aún tenemos que esperar nuestro turno para ser "colocados". De repente veo una silueta que me resultaba familiar más para adelante. Era
Lorena Gómez, la ganadora de hace dos ediciones. Mi punto débil, a pesar de que vaya más maquillada que un payaso del Circo del Sol. Mi "¡¡Lorena!!" retumbó y todo el mundo dirigió la mirada donde yo tenía la mía. La mujer se había coscado de mi llamada, se asomó en la lejanía para decir hola con la mano y dedicarnos una sonrisa, y se fue. Tras la aparición acontecieron gritos y una sensación de satisfacción bastante idiota. Después, entramos al escenario.
Para empezar, he de reconocer que me pareció todo muy espectacular. La tele es una puta y no nos deja ver ni apreciar todo eso como es debido (sí que lo haremos, o eso espero, cuando podamos ver tele en Alta Definición y en panorámico con sonido envolvente como Dios manda). Los juegos de luces, el sonido... EL SONIDO. En la tele tenemos constancia de un plató la mar de chachi, pero un plató televisivo al fin y al cabo. Allí aquello era un puñetero Palau Sant Jordi en miniatura.
Tras alucinar durante unas décimas de segundo con el ambiente que me envolvía, mi hermana y yo nos cogimos de la mano y fuimos a buscar un sitio digno. Lo encontramos justo al lado del escenario circular central, donde podríamos ver y apreciar el percal a una distancia la mar de simpática. Veíamos con claridad el escenario, veíamos con claridad la parte donde están los concursantes y el jurado, y veíamos con orgásmica claridad el escenario central.
Mientras llegaba la hora de empezar el programa, un animador nos iba amenizando como podía el rato de espera, explicándonos además cómo funcionaba el cotarro. Nosotros, como público, teníamos absoluta libertad para decir y aplaudir cuándo y cómo nos diera en gana (excepto insultos, claro). Él nos iba a marcar en algunas ocasiones, pero no íbamos a estar tan controlados como lo estuvimos en
La Tribu.
Unos minutos más tarde la locura colectiva se desata cuando empiezan a salir bailarines y nos indican que faltaban apenas treinta segundos para empezar. La iluminación iba dejando paso a una relativa oscuridad, solamente iluminada por unos pequeños focos que apuntaban a un piano. Gritos y aplausos mientras se entreveía a
Sergio Rivero preparándose en el escenario, mientras que el regidor empezaba la cuenta atrás mientras nos pedía por favor no, nos exigía que nos callásemos la puta boca a la de YA si no el inicio del programa iba a ser un desastre.
Entonces, justo cuando la cuenta atrás llegó a un uno mudo, sucedió esto:
Desde el año pasado que mantengo que
esta gente SABE cómo empezar un programa de televisión como Dios manda. No sabrán mantenernos distraídos el resto de galas, pero respecto al inicio del programa, chapó. Y, a pesar de la presencia de los que yo llamo "triunfitos de garrafón" (los que sin ir más lejos ponían verde el año pasado a
Virginia Maestro, vamos, los que ahora están de figurantes en
Los mejores años de nuestra vida), uno no es consciente realmente de ello hasta que está ahí abajo, junto a la gente y siendo golpeado ligeramente por las vibraciones del sonido y cegado por un magnífico juego de luces (ojo al segundo 59). Me encontraba ante un espectáculo en mayúsculas.
Después la cosa se fue enfriando, claro, porque la gala iba a tomar el tono habitual de las últimas ediciones. Entre lo que se encuentran los falsos malos rollos, porque si teníais una sospecha de que lo de
Risto Mejide con
Noemí Galera,
Jesús Vázquez y los productores del programa era una pantomima, yo os lo reconfirmo. Las carantoñas entre Risto y la Galera mientras las cámaras no les enfocaban a ellos eran realmente reveladoras.
Respecto al jurado, me hizo especial gracia que estuviera allí el
impresentable del
Ramoncín. Aún recuerdo las palabras de este tipejo despotricando de
Operación Triunfo cuando éste empezó a principios de década en
Televisión Española. Ahora es miembro del jurado, y no sólo eso, sino que esas palabras ahora se han convertido en elogios y demás peloteo barato y recalcitrante. Ojalá cambiara de parecer respecto al
eMule, ¿eh? La verdad es que cuando lo presentaron no pude reprimir un abucheo de los gordos. Cuando vi el programa de nuevo en casa grabado, me percaté de que mi abucheo se mezclaba con los aplausos forzados de un público enborregao por los regidores y la ignorancia, creando un efecto no muy agradable que digamos. Me cuelgo la medalla.
La gala fue transcurriendo con normalidad, viendo y oyendo cantar a los niños nuevos, y observando cómo funcionaba todo aquello.
Todo bien, hasta que me di cuenta de la existencia de un grupo de club de fans oficial de
David Bisbal entre el público... justo en frente de donde estábamos nosotros, separándonos afortunadamente una tarima bastante grande. El grupo estaba formado por unas cuantas pedorras que llevaban unos pañuelos de color azul cuyo contenido yo interpreté como la forma suave y políticamente correcta de decir "Queremos un hijo tuyo". Estaba encabezado por una tiparraca maquillada hasta en los labios del coño, presumiblemente valenciana pero almeriense en espíritu, acento y maneras (ya se sabe, como esas pandillas de catalanes payos que se creen gitanos), acompañada desgraciadamente por su madre, una vieja con el pelo rizado teñido de caoba (el apocalipsis) y al igual que su progenitora, maquillada hasta donde Rasputín perdió el mostacho. Las dos aseguraban que
David Bisbal era el mejor artista que existía sobre la Tierra. Así, por todo su coño, porque todo el mundo sabe que las obras de
Dalí o la voz de
Édith Piaf no pueden hacer nada contra los ricitos de oro de España, los gorgoritos y los giros inacabables del terror de Almería. Las tías también contaron al público que había alrededor (como si alguien se lo hubiese preguntado) que toda su vida giraba alrededor de
David Bisbal, que iban donde él, y que estaban allí solamente por él. Las Hermanas de la No Castidad de Nuestro Señor Bisbal, para entendernos. Y como ellas estaban allí sólo por él y por su actuación (el programa parece que les importaba un pepino), pues como que mientras no salía Bisbal pues se dedicaban a rebufar, a quejarse y a hablar con los demás, no dejando escuchar lo que pasaba en el plató (porque esa es otra, aquello es tan grande que no se escucha una mierda de lo que dice Jesús Vázquez, por ejemplo).
Total, que hicimos tripas corazón y aguantamos como campeones, mientras las poníamos verdes con otras tías que había allí, hasta que acabó el programa.
En la salida nos dieron por la cara una gorra con el logo del programa, y un helado de chocolate y vainilla. Venga, que hay crisis.
La verdad es que pedorras a parte, y a pesar del cansancio más absoluto (seis horas seguidas de pie sin posibilidad de apoyarse ni sentarse en ningún lado, ni mucho menos moverse) la experiencia fue realmente buena. Es como ir a un concierto y te lo regalaran absolutamente todo. Y encima, veías famosillos.