domingo, 30 de agosto de 2009

Agosto: Muerte prematura

Algo me distrae de lo que estoy haciendo. Un ruido incesante pero no molesto, detrás mío, desde la ventana. Me giro, pero la oscuridad había invadido la calle. Por algún extraño motivo las luces no funcionaban. Un apagón. Me acerco más a la ventana y descubro la clave del absurdo misterio. Una suave brisa, fresquita e inusual, acaricia mi piel. Hacía tiempo que no sentía algo tan agradable procedente de la madre naturaleza, quizá unos cuatro meses. Fuerzo la vista y deduzco la situación gracias a ese inconfundible y placentero sonido: llovía.

Me muestro dispuesto a exclamar algo en francés, pero evidentemente me quedaría demasiado pedante, así que simplemente digo un qué bien.

Un simple y agradecido teaser trailer de la mejor época del año para un servidor, para advertirme de lo que de bien seguro está aún por venir. Apenas cinco minutos de llovizna, pero la calle aún sigue en las tinieblas y la temperatura ha sufrido una leve bajada.

Sin duda, hoy voy a dormir de fábula.

viernes, 28 de agosto de 2009

DRAMA: Agosto se nos muere

Mientras empiezo a escribir esta entrada, los niños juegan en la plaza de mi barrio, mientras las madres se tocan el chirri, comen "unas olivitas" (!!, sic) y se siguen tocando el chirri. Ya sabéis, la historia de mi vida. Yo no tengo nada en contra de que los niños jueguen en una plazoleta y de que alguien se toque el chirri mientras come olivas, pero sí tengo algo en contra cuando los niños que juegan en una plazoleta lo hacen totalmente descontrolados (¿hola? ¿os habéis cargado una de nuestras mosquiteras con la pelota y nadie dice nada?) mientras las madres se tocan el chirri en todos los sentidos: pasando de ellos, y cuando prestan algo de atención, lo hacen para chillar como verduleras. La gorda, la de siempre, esa que no se cambia de ropa ni para ir al Vaticano a chupársela al Papa, incluso se permite el lujazo de insultar a sus hijos y amenazarles como si éstos fueran adolescentes. No la quiero ver ni en pintura cuando lleguen de verdad a esa etapa. Creo que, cuando eso suceda, nazis y judíos formarán una alianza para acabar con la Bestia.

Pero ese no es el tema.

Estamos a 28 de agosto. El mes se termina. Las vacaciones, también. En tres días, la vuelta a la rutina será una realidad. Adiós al tocarse los huevos y al levantarse tan tarde que tu madre te despierta con el olor de la comida en lugar de la del desayuno. Bienvenidos, madrugones. Bienvenida, falta de tiempo.

Siempre es bueno volver a la rutina, esa hija de la gran puta que tanto echas de menos cuando no tienes nada que hacer en casa y te aburres como una ostra. Pero es que cuando llega, ya estás echando de menos el perrerío.

“Pero no todas las lágrimas son amargas”, como diría uno que llevaba una barba de la hostia. Me alegra que con septiembre vaya volviendo, aunque poco a poco, un tiempo menos caluroso y sofocante, y más agradable. Me alegra que quede cada vez menos para el frío, que lo adoro a pesar de que a veces sea tan cabrón como el calor.

Pero sobretodo me alegra que falte cada vez menos tiempo para perder de vista a la Bestia y a sus criaturas. Es bien sabido por todo el mundo que, cuando llega el “mal temporal”, se refugian en sus cuevas hasta que vuelva a hacer “bueno” para salir a pastar.

Oh sí, así da gusto volver a la normalidad. A pesar de todo.

domingo, 23 de agosto de 2009

Voyage à Paris! 2ª parte: Louvre, Campos Elíseos, Campo de Marte y Torre Eiffel al anochecer

En un principio, las vacaciones son sinónimo de tomar un respiro de la rutina diaria, y sobretodo, de descanso. Bien, una parte la cumplimos… pero la otra, no.

Lunes en París. En la habitación del hotel dos chicas y un servidor dormíamos plácidamente. Las chicas (habituales lectoras de este blog, cómo no) en la cama de matrimonio. Servidor, en la litera. Aún no daban las seis y media de la mañana, cuando el despertador empezó a sonar. Teníamos que estar a las siete y media en la parada del autobús, para coger el tren que nos llevaría al centro. Así que venga, hala, arreando que es gerundio: turnos para la ducha (que estaba en un cuarto de baño minúsculo y con paredes de papel, es decir, que el pobre no sabía lo que significaba la intimidad; los Etap son maravillosos), y a vestirse y a arreglarse en menos de una hora. Dividido entre tres personas: veinte minutos cada uno. Aunque a decir verdad, debería dividirlo entre dos mujeres y un hombre.

(El chiste no es mío, me lo han escrito, que conste para la lluvia de sillas que podría caer en cuestión de segundos sobre mi casa y, concretamente, sobre mi habitación y, para muchas más señas, sobre mi cabeza).

Tras un corto viaje en autobús (apenas dos paradas del hotel a la estación; poca distancia pero mucho lío de camino), a por el tren, y en quince o veinte maravillosos minutos, repletos de ruido y falta de aire acondicionado (hechos relacionados), nos plantamos en la Rue du Pont Neuf, camino al Museo del Louvre. La felicidad y la libertad me embargaron. Caminaba por el centro de París, un lunes a las ocho y media de la mañana, lo que significaba calma y tranquilidad. Poco agobio, poca gente; nosotros, madrugadores franceses, y la calle. No podía pedir nada más que lo que estaba haciendo cuando lo estaba haciendo.
No tardamos poco menos de diez minutos en llegar al Louvre. Unas cuantas fotos al pie de la Rue de Rivoli, y entramos al patio interior del museo más importante del mundo. Más fotos y más caras de alucinados ante la arquitectura del Palacio. Nuestra última visita con el instituto fue rápida, pobre en detalles y en entusiasmo, al ser infinitamente más canijos tanto en cuerpo como en mente, pero sobretodo, cansados por el viaje. Pero esa es otra historia.

A nuestra derecha, la puerta que daba acceso a la gran explanada donde está ubicada la famosa pirámide de cristal, acceso principal al museo, además de hall y centro comercial. El museo abría a las nueve de la mañana, así que faltaba como un cuarto de hora para que abrieran las puertas. Sin embargo, la cola era considerable, así que había que hacer bondad y ponerse en ella cuanto antes. Afortunadamente no fue ningún suplicio, y en cuestión de veinte minutos pasamos los controles de seguridad y compramos las entradas. Nueve euros cada una. Teniendo en cuenta dónde estábamos y la cantidad de cosas que íbamos a ver, personalmente me pareció una ganga.
Sin duda aprovechamos muy bien la mañana. Cuatro horas de museo y vimos prácticamente todo lo que queríamos ver. Empezamos por la planta baja, con esculturas y antigüedades griegas, para luego dar paso a las correspondientes del Egipto faraónico. Levante, Antiguo Irán y Mesopotamia. Historia allí, entre esas paredes y esos cristales. Fascinación… y cansancio, porque anduvimos más que la madre de Cristo Bendito. Después de aquello, que no fue moco de pavo, las pinturas. Cuadros, cuadros y más cuadros. Fue como viajar en el tiempo constantemente. Vimos de todo: pinturas francesas, holandesas, alemanas e italianas. En mi mente dos en especial: La Liberté guidant le peuple (“La Libertad guiando al pueblo”, de Eugène Delacroix; 1830) y Le Sacre de Napoléon (“La Coronación de Napoleón”, de Jacques-Louis David; 1805), dos inmensas obras de arte a las que dediqué toda la atención del mundo por un par de minutos cada una.

Después vimos la Gioconda, pero como ya la vimos hace años y, además, estaba atestado de gente, como si aquella mujer del siglo XVI repartiese bocadillos de chorizo y zumos gratis, pues sudamos y nos fuimos sin prestarle mucha atención (obviamente si estuviera repartiendo todo aquello nos hubiéramos quedado).

El cansancio (y por ende la mala leche) hacían estragos en nosotros, agotados de esculturas, cuadros y caminar. Iban a tocar la una y media del mediodía, así que tocaba ir a comer sí o sí para reponer fuerzas, por muy complicado que pareciera. Anduvimos unos diez minutos en busca de algún lugar rápido y barato, pero no tuvimos mucha suerte hasta que vimos una pizzería en una calle escondida. Una pizza, en esos momentos, iba a ser la panacea de todos nuestros males. El lugar era una pizzería que soy incapaz de ubicarla en Google Earth por mucho que busque xD, pequeñita y aparentemente típica de la ciudad. Tan típica que no tenía ni aire acondicionado, como el puñetero transporte público. En fin, comimos como si llevásemos años sin hacerlo, pero nuestros pies seguían doliendo y la muy zorra de la morriña estaba constantemente al acecho.

Pero decidimos mandarlos a tomar por culo. Porque si no, no íbamos a ver una puta mierda.
Nos armamos de valor y dando media vuelta volvimos a los alrededores de la pirámide del Louvre, pero esta vez en dirección al Arco de Triunfo del Carrusel y el Jardín de las Tullerías, dispuestos a llegar a los Campos Elíseos. De camino vimos una noria bastante grande y muy popular en el lugar. Queríamos montarnos, pero nos quedamos con las ganas, ya que nos entró una risa muy tonta al ver que cobraban seis eurazos “de nada”. El paseo se nos hacía eterno, así que nos sentamos un momento antes de llegar a la Plaza de la Concordia. Flipamos con la tranquilidad que se respiraba allí, en pleno centro de la ciudad. Pero sobretodo flipamos con el civismo parisino, imposible en Barcelona, por poner un ejemplo cercano. El Jardín de las Tullerías estaba plagado de “bancos móviles” individuales. Si tú te quieres sentar allí tienes que buscar uno de ellos, cogerlo y ponerlo donde te apetezca, y hala, a descansar y a disfrutar del lugar. No faltaba ni uno y los grafittis eran una “rara avis”. Aquí en Barcelona habrían volado en cuestión de días, y los pocos que quedasen ya no conservarían su color original, ahogados por la tinta de rotuladores permanentes.
Un cuarto de hora después ya volvíamos a estar en marcha, mal que a nuestros cuerpos les pesase. Vimos la Plaza de la Concordia que tiene un par de fuentes muy chulas y el famoso Obelisco de Luxor. Fue allí en esa plaza donde la Revolución Francesa colocó la guillotina, y donde Luis XVI y María Antonieta fueron ejecutados "perdiendo la cabeza".
De repente, la Avenida de los Campos Elíseos. Los franceses suelen llamarla “la avenida más hermosa del mundo” (“la plus belle avenue du monde”), y ciertamente, no era para menos. Su entrada se confunde con el Jardín de las Tullerías, siguiendo la misma tónica de jardines, pero esta vez más “urbanizados” y llenos de paraditas adorables donde comer y beber algo, irónicamente, a precio de rey (todo muy caro: un refresco de 50cl. unos 3.50 €; si se va en un día caluroso donde la sed es tu compañera del alma, tu bolsillo pedirá clemencia chillando como un gorrino). Mientras nuestros pies entraban en estado de putrefacción, nosotros atravesábamos la avenida entera, desde la rotonda que ponía fin a todos los jardines y empezaba lo más “chic” de la ciudad, hasta el mismísimo Arco del Triunfo, donde descansamos de la descomunal caminata (unos 3.10 kilómetros), para después coger el metro hasta Cluny - La Sorbonne, donde subimos por la Rue Saint-Jacques en busca de algún supermercado donde comprar algo de cena, bebida barata y desayuno para el día siguiente. Nos encontramos cara a cara con el Panteón, y tras deambular unos minutos encontramos el típico badulaque barato, donde más o menos se cumplieron nuestros sueños (o se satisficieron nuestras necesidades) más efímeros. Fue allí donde una amiga tuvo que hacer tripas corazón, y pagar nada más y nada menos que SIETE EUROS CON NOVENTA CÉNTIMOS por un bote de gomina pequeño, para salir del paso con los problemas que todo buen viajero burgués tiene con su cabello supuestamente domesticado.

Las anécdotas no se acabaron. Volvimos al metro para ir hacia la torre Eiffel: estaba anocheciendo y nos apetecía tumbarnos en los céspedes del Campo de Marte para ver cómo se iluminaba. Fuimos hasta la parada La Motte-Picquet – Grenelle, donde vimos un cartel ENORME de Brüno que ocupaba parte de la pared de la estación. Como era la leche, nos sentimos obligados a hacernos una foto en grupo con él. Pero no contábamos en nuestros planes con el fundamentalismo religioso (o simplemente alguien que no ha pillado la película, algo que en realidad no es tan complicado para seres humanos inteligentes). En la décima de segundo posterior de hacernos la foto, una mujer de mediana edad, muy delgada y con un velo alrededor de su cuello, empezó a arrancar de la pared el cartel de Brüno con ímpetu e indignación. No nos miró en ningún momento, solamente se limitó a ir arrancando el cartel, pegadísimo a la pared y con la mejor cara que Sacha Baron Cohen podía hacer como Brüno impreso en él. Nos íbamos alejando de allí, pero sin dejar de observar esa escena, que no sólo nos hizo mucha gracia por su carácter estrambótico, sino que en cierta medida nos llegó a indignar. La mujer, viendo que no podía arrancar más (apenas cinco trozos muy pequeños de la parte inferior), miró firme a Sacha y se puso el velo (no, no parecía musulmana, más bien una católica de lo más rancia). Otra mujer le llamó la atención de forma amable, pero ya estábamos demasiado lejos para intentar deducir lo que pasaba. Yo simplemente la habría empujado a las vías, no sin antes hacerme una foto con ella intentando arrancar el cartel.

Campo de Marte, ocho y veinte de la tarde. Como aún era temprano, fuimos a un pequeño puesto de crepes que había allí mismo. Morimos con las crepes de Nutella tan buenas que una mujer francesa muy simpática nos hizo. Eran caras, pero diablos, ¡estábamos al lado del a torre Eiffel! Después fuimos en busca de algún servicio público para poder descargar nuestras vejigas, pero no tuvimos mucha suerte.
Breve vista a un par de tiendas de souvenirs y de regreso al Campo de Marte. Todos nos tumbamos en el césped que hay justo al lado del callejón Maurice Baumont para observar la torre Eiffel iluminada. A nuestro alrededor, gente de todas partes del mundo haciendo lo mismo que nosotros. Algunos bebían champán y todo. Cuando tocaron las diez de la noche, la torre empezó a brillar durante cinco minutos. Un breve pero precioso espectáculo para la vista, que sin duda fue todo un broche de oro para nuestro segundo día en lo que era, ahora sí que fuimos testigos de ello, la ciudad de la luz.

jueves, 20 de agosto de 2009

Tráiler de 'Avatar'

James Cameron tira la casa por la ventana. Algo que se puede permitir sin ningún tipo de duda, después de arrasar hace ya diez años con Titanic, ese peliculón tan infravalorado.

¿Y con qué lo hace? Pues con Avatar, su nueva creación, una de ciencia ficción y aventuras que nos va a devolver esa ilusión de ir al cine a presenciar algo grande, que no teníamos desde que se terminó la trilogía de El Señor de los Anillos. La acción se sitúa en el planeta Pandora, un lugar donde han llegado los seres humanos, donde probablemente se den más que una torta y una leche con la raza habitante: los Na'Vi, que son como los pitufos pero versión jugador de baloncesto rastafari.

¿Dónde y cuándo? En cines 3D de todo el mundo a partir del 18 de diciembre.

Fuente | Cinefilo.es

miércoles, 19 de agosto de 2009

'Enemigos públicos': segundo visionado: LA HECATOMBE

Acaba de pasarme algo que en este mundo del cine que tanto me apasiona, tanto detesto. Vuelvo del segundo visionado de Enemigos públicos en cines, doblada y en una butaca de las buenas, centrada y con la vista pudiendo coger toda la pantalla, para fijarme mucho mejor en su peculiar fotografía.

Y se me ha desmontado toda la película. Para abajo, sin frenos, como una de las torres gemelas.

No daba crédito. Salí del pase de prensa, hace ya casi un mes, entusiasmadísimo, y esta tarde no he podido aguantar un segundo visionado. Ahora mismo parecerá justo lo contrario, pero no soy una persona que se deje influenciar por las opiniones de los demás ni muchísimo menos. Odio ese tipo de actitud. Y quien me conoce de verdad, lo sabe. Pero es que parece que haya visto otra película. Lo que en el pase de prensa amé aquí no ha sido más que hastío y ganas de irme de la sala cagando leches. He entrado con unas ganas de verla de nuevo tremendas, y he salido con la mandíbula desencajada, abatido y con mucha vergüenza ajena. No quiero ni leer ni oír hablar de la crítica que escribí la semana pasada.

Es algo que siempre pasa con algunas películas, que las ves por primera vez, te gustan y más tarde tu opinión sobre ella va cambiando porque vas viendo fallos que antes no veías, o simplemente tu criterio va aumentando. Pero es algo temporal, cuestión de dejarlo a fuego lento. ¿Pero en el segundo visionado?

Que alguien me duerma o algo hasta que la quiten del cine por Dios...

PD: Creo que voy a hablar más sobre Robert Pattinson. Las visitas han aumentado una barbaridad xDD.

martes, 18 de agosto de 2009

Robert Pattinson y su inteligencia

"Twitter ha arruinado mi vida. Estoy harto de que mis admiradores puedan controlar todos mis movimientos gracias a Internet y a las redes sociales. Ya ni me acuerdo de cómo era mi vida de antes. Por todo este tema de Internet y Twitter, siempre habrá una masa de gente esperándome esté donde esté. He aprendido a no permanecer más de veinte minutos en el mismo sitio. El mayor problema es lidiar con la gente. Soy una persona muy tranquila y reservada."
Pues chico, la solución es bien sencillísima: dejar de utilizar Twitter para escribir lo que vayas a hacer a cada décima de segundo, a cada segundo, a cada minuto, a cada hora y durante todos los días, y ya está.

De hecho ábrete una cuenta en Facebook y gestiona bien su seguridad y los amigos que añadas. Te aseguro que, en cuestión de tiempo, dejarás de ser perseguido por, precisamente, aquellas que te dan de comer, por el mero hecho de haber puesto "acabo de quedar con Menganito en la pizzería tal de la calle Pascual; it's gonna be aaaaawesooome!!".

Pero es que ya no es sólo cuestión de tiempo, querido, es cuestión de saber utilizar las redes sociales (sobretodo si eres famoso) y, sobretodo, pensar un poquito... Aunque a veces lo hagas, qué duda cabe.

Tonterías de su boca extraídas de ABC

viernes, 14 de agosto de 2009

Skins - Primera temporada

Menos de una semana es lo que me ha durado la primera temporada de la serie británica Skins. De hecho, no lo sé con certeza (ya que en agosto pierdo todo el sentido del tiempo y casi del espacio), pero creo que ni tres días. El domingo pasado escribía una entrada sobre las series a las que estaba enganchado actualmente. Entonces sólo había visto el primer capítulo, y ya me he tragado los ocho restantes. Y bueno, que me han entrado ganas de escribir una entrada exclusiva sobre esta primera temporada, para hacer balance dentro de unos días con la segunda (acabo de ver el primer capítulo…). Y como me he paseado por algunos blogs donde no decían más que bobadas sobre ella, pues imaginaros.

Skins es amor, odio, sexo, drogas y amistad. Ocho chicos y chicas del siglo XXI, de diecisiete años de edad cada uno, con sus problemas y defectos. Pocas alegrías, porque la adolescencia es una etapa turbulenta en un individuo, y eso es algo que los creadores de la serie, Jamie Brittain y Bryan Elsley, plasman a la perfección. Su frase comercial la define muy bien, aunque Skins sea mucho más que eso: “A group of optimistic kids who grab life by the balls”.

Supongo que ahora a la mente os vendrá Física o química. Como suele decirse, el cerebro a veces juega malas pasadas. Compararla con el bodrio de Antena 3 Televisión es una de ellas. La serie creada por Carlos Montero no deja de ser un producto prefabricado y sin personalidad, y para demostrarlo lo único que tiene que hacer uno es viajar diez años en el tiempo, y sintonizar en el televisor, para más inri, el mismo canal. En efecto, Compañeros: Quimi y Valle y demás gente insoportable. Además de beber de forma escandalosa de la australiana Los Rompecorazones (Heartbreak High), era la quinta esencia del pasarse de listo y adoctrinar con según qué temas. Es curioso cómo funciona la televisión en nuestro país, ya que hace diez años se podían construir paralelismos entre Los Rompecorazones (1994) y Compañeros (1998), y ahora podría hacer lo mismo con Skins (2007) y Física o química (2008).

Pero bueno.

Lo que diferencia a Skins (o al menos su primera temporada) de otras series de adolescentes es prácticamente toda ella en su conjunto. Su guión es de lo más trabajado que he podido ver en mucho tiempo, con un gran sentido del humor y un buen y muy bien medido nivel del drama. Pese a estar basados en puros estereotipos, los escritores se toman en serio a sus personajes (por fin una serie de adolescentes cuyos responsables no crean que sus protagonistas son gilipollas o subnormales), optando por una narración lineal pero dinámica, y centrándose en un personaje en especial en cada episodio, espantando a la tediosa rutina, muy peligrosa en las series, de un plumazo.

Pero sin una buena realización, hasta el mejor de los guiones podría convertirse en la peor de las películas o series. Skins es una serie muy afortunada, y también tiene detrás a directores con una cabeza muy buen amueblada. El ritmo es fantástico (tres cuartos de hora por episodio que se pasan en un suspiro), la dirección de actores inmejorable, y la creatividad fluye libremente por todas partes. En estos aspectos, prácticamente hay CUMBRES y CIMAS en todos los episodios, destacando por encima de todos cuatro de nueve: el tercero (Jal; académico), el cuarto (Chris; alternativo y alucinógeno), el octavo (Effy; Kubrick reencarnado) y el noveno (la finale de la temporada; el mejor Paul Thomas Anderson).

Como ya dije el domingo, Skins también tiene buenos, naturales y jóvenes intérpretes. La gran sorpresa de la serie es que ninguno de ellos chirríe. Todos están a la altura de las circunstancias y con un muy buen nivel interpretativo en todo momento, con especial lucidez en los capítulos que protagonizan. Mención especial merecen Nicholas Hoult y Joseph Dempsie, que están inconmensurables.

El broche final de la primera temporada es puro oro. Pese a una resolución un poco chusca, la serie se podría haber perfectamente acabado ahí. De hecho, si lo hubiera hecho, ahora mismo estaríamos hablando de una casi obra maestra. Pero la historia continúa… quién sabe si la segunda temporada deparará las mismas sorpresas que la primera.

Me muestro expectante a ello.

miércoles, 12 de agosto de 2009

Voyage à Paris! Primera parte: La ida, Paris-Visite, y Montmartre

Todo comenzó el primer domingo de agosto. El día D había llegado. Nos marchábamos, contando ese mismo domingo, cinco días a París. La ciudad del amor, la ciudad de la luz. La ciudad del Louvre, de los Campos Elíseos, del Moulin Rouge, de la Torre Eiffel. Todos los planes que habíamos hecho y todas las charlas que habíamos tenido sobre ello, se iban a materializar en cuestión de horas y kilómetros: del par de horas que íbamos a estar en el avión, y de los 1.031 kilómetros que separan Barcelona de la capital francesa.

Como nuestro vuelo salía a las doce de la mañana, y había que estar allí como mínimo a las diez, quedamos los cinco temprano en la estación de tren para ir al Prat, y allí coger el tren directo al aeropuerto. Por fortuna, Vueling no opera en la recién inaugurada T1 de Barcelona, así que no íbamos a tener mucha dificultad para llegar: solamente bajar del tren y et voilà, nunca mejor dicho, ya estábamos en el aeropuerto.

Pero como es costumbre, siempre tenemos que ir haciendo el primo… y si es al principio del viaje, pues mejor. El aeropuerto de Barcelona está en una zona diferente que el resto de la zona metropolitana de la ciudad condal, que es donde nosotros vivimos. Así que tuvimos que comprar un billete independiente que nos costó la dolorosa cantidad de 2,80 €. Sin duda, la íbamos a amortizar. Nacimos el día anterior, y no se nos ocurrió otra cosa que picar en Gavà con el billete –de diez viajes, el famoso T10- normal y corriente para la zona metropolitana, en lugar del billete que habíamos comprado. Personalmente pensaba que cuando llegase a El Prat habría otro sitio para pasarlo, pero no xD, así que además de tirar a la basura casi tres euros tan alegremente, nos arriesgábamos al hecho de encontrarnos con revisores, y que nos pillaran yendo al aeropuerto sin haber picado el billete. Pero total, habíamos pagado igual, ¿no? Pues ya está.

Llegamos al aeropuerto muy bien de tiempo, y además para recoger los billetes no había nada de cola (y cuando digo nada, es nada, llegamos y nos pusimos en el mostrador a por faena). Una vez hecho el control, hicimos un pica-pica y nos sentamos a esperar a que nos llamaran para embarcar. Nuestra puerta de embarque era la 32, y estuvimos mucho rato al tanto… pero faltaban cuarenta minutos para que saliera nuestro avión, y allí no aparecía nadie. Por azares del destino, me dio el arrebato de mirar a mi derecha. Lo que vi me extrañó. En la puerta 34 marcaba un vuelo a París de Vueling, que sospechosamente salía al mismo tiempo que el nuestro. Qué diablos… ¡era el nuestro! Y nadie, absolutamente nadie, vino para avisarnos del cambio de última hora, teniéndonos a muy pocos metros. ¿Cuándo avisaron por megafonía? Cuando ya tenían algo de prisa y faltaba media hora para salir de allí volando… Llegamos a la conclusión de que Vueling se debería de llamar Tocagüeving, y que Josep Piqué era un impresentable y físicamente asqueroso.

Bueno, eso claramente no era por el vuelo, sino porque acabo de pensarlo.

Pum, ya estábamos en el aire. Veía a Barcelona volverse pequeñísima y… hostias, empecé a ver azul. Y no era cosa de nuestro planeta, sino del capullo del piloto, que parece que se le olvidó todo lo que aprendió en las prácticas de la “aero-escuela” por Montjuic. La presión hizo estragos físicamente en nosotros, notando todos los cambios de todo lo que hacía el avión, y yo me sentía constantemente como si Rosie O’Donnell se hubiera sentado en mi cabeza y empezase a mover compulsivamente las nalgas al ritmo del baile del pescao.

Una hora y media después, París. Por la ventana lo vi todo: los alrededores del aeropuerto de Orly, y en el horizonte, la ciudad y, sorprendentemente, la Torre Eiffel bien visible. Las ganas de recorrer esas calles iban en aumento. Pero antes había que aclararse con el transporte público (por suerte traía chuleta) y la tarjeta Paris-Visite. Os cuento sobre ello, porque es algo muy interesante y de bien seguro que os interesará si algún día os planteáis la idea de ir.


Paris-Visite es una tarjeta para el transporte público parisino, pensada exclusivamente para el que visita la ciudad y sus alrededores. Teniendo en cuenta que hay destinos la mar de interesantes (o no) situados más allá de la zona 1 (que comprende la ciudad entera), como Disneyland o el Palacio de Versalles (a partir de la zona 5), existen dos tipos de Paris-Visite: las que abarcan tres zonas, y las que lo hacen las seis. Pero todas cumplen con una función primordial: viajes ilimitados en todo el transporte público de la ciudad y su zona metropolitana, tanto tren, como metro y autobús, por un máximo de cinco días. El precio de la tarjeta (que es unipersonal e intransferible) varía dependiendo de los días que escojas su propia validez. Por ejemplo, nosotros por cojones tuvimos que coger una de cinco días, y el invento nos costó 48,40 €. Teniendo en cuenta lo relativamente caro que está el transporte público en París (un fajo de diez billetes con posibilidad de trasbordo cuesta 11,60 €, frente a los 7,70 € que ya cuesta un billete similar aquí en Barcelona), y la gran cantidad de veces que íbamos a coger (y cogimos) el transporte público, pues sale bastante a cuenta. Si algún día vais a París, ¡acordaros de este párrafo! (Más info aquí).

Una hora después de comprar y usar por primera vez nuestro Paris-Visite, nos encontrábamos en el hotel que habíamos reservado por Internet meses atrás. Todo salió como la seda, y tras dejar las maletas en la habitación y descansar un poco, nos fuimos a explorar.

Pero antes, nuestro primer contacto con los trenes parisinos. Excepto la gente que va a ganarse cuatro perras cantando o recitando poesía francesa or whatever, el resto de personas, salvo alguna excepción, estaban en silencio. Un silencio que se veía interrumpido por el ensordecedor ruido que hacen los trenes allí. Porque una cosa es cierta: en esa ciudad todo es muy bonito… pero nadie conoce la existencia del aire acondicionado en el transporte público. Y además de pasar calor (y mucho), te quedabas sordo porque prácticamente todas las ventanas del vagón estaban abiertas. Sí, las ventanas se podían abrir, y ningún garrulo sacaba la cabeza para gritar oeoeoe. Y si alguien lo hacía, era español.

Pasada la sordera provocada por el maravilloso tren (¡y qué bien olía!), fuimos a uno de los lugares que más ganas tenía de visitar: Montmartre. Oh, la bohème. Oh, el follar sin parar. Y no lo digo por mí, sino porque el barrio, digamos, es muy particular. Pasamos olímpicamente de todas las tiendas dedicadas al sexo (salvo una que nos llamó la atención y donde nos hicimos alguna que otra foto) y establecimos una prioridad: la Basílica del Sacré Cœur.

Tras subir toda una callejuela repleta de tiendas de souvenirs y demás establecimientos hosteleros la mar de cucos ellos (que para algo estábamos en París… ¡y más en Montmartre!), y tras intentar sortear sin éxito a vendedores ambulantes que son como moscas y siempre están en los alrededores de los lugares frecuentados por nosotros, los guiris… llegamos a los pies de aquella impresionante y enorme basílica. Un templo que, a medida que ibas subiendo las escaleras para llegar a sus puertas, más grande e inmenso se hacía. Una vez dentro, la inmensidad se corroboraba con pinturas religiosas imponentes y características del lugar donde se había construido semejante pepino de sitio. A su lado, Notre Dame era algo nimio, casi un chiste de Chiquito de la Calzada. La catedral de París es mucho más importante a nivel arquitectónico, y además tiene el río Sena al lado. Sí, efectivamente… pero sin el poder y la fuerza que transmitía el Sacré Cœur, y la fe que flotaba en el ambiente, que casi podía masticarse. Para que me entendáis, un paralelismo: Notre Dame-Sacré Cœur/Catedral de Barcelona-Monasterio de Montserrat. Juega a su favor de que el Sacré Cœur es, prácticamente, el único lugar religioso que a estas alturas aún no se ha convertido en un parque temático…

Todo lo que sube, baja, y nuestra pequeña visita al Sacré Cœur no iba a ser una excepción. Rodeamos una plaza la mar de maja donde todo era hostelería, turismo y pintura. Seguimos un pequeño camino, sin salir nunca de Montmartre y sin parar de degustar ese ambiente tan ruralmente acogedor. Al final, la invasión de asfalto, semáforos y chatarra sobre ruedas. A la derecha, el Moulin Rouge. Puro cartón piedra digno de Terra Mítica que, sin embargo, no dejaba de ser un símbolo de la ciudad. Cuatro fotos de rigor y otra vez para arriba, a curiosear el barrio donde se rodó Amélie y a hacerse aún más fotos de rigor, esta vez delante del bar protagonista de la película: el Café des Deux Moulins (Café de los Dos Molinos), que le debe su nombre al propio Moulin Rouge, y al Moulin de la Galette, situado un poco más arriba, y que desgraciadamente no vimos.

Tras la caminata (porque andamos, y mucho), un pequeño break en un restaurante chino del barrio, donde nos tomamos unos helados que supieron a gloria. Después, otra vez la paliza del transporte público y de los trasbordos. Destino: nuestro hotel.

Sin duda alguna había que descansar. El día siguiente iba a ser un día largo, muy largo…

domingo, 9 de agosto de 2009

The Big Skins Tudors Theories

Esta semana he vuelto a retomar ese viejo hábito de ver series por Internet que antes ejercía con una rutina casi enfermiza. Cancelada Kyle XY (click!) y teniendo prácticamente abandonada Mujeres desesperadas (¿os podéis creer que aún no he terminado de ver la quinta temporada?; a pesar de haber dado un salto de cinco años en el tiempo, no deja de ser lo mismo una y otra vez, pese a que sigan conservando su magnífico sentido del humor), mi atención está ahora mismo en tres series que me están sorprendiendo a su manera cada una, y éstas son The Big Bang Theory, Los Tudor y Skins.
Esta sitcom propone a dos hilarantes nerds como protagonistas, los cuales se tendrán que enfrentar a nueva e inesperada situación: la llegada en el vecindario de una chica de buen trato y aún más buen ver, llamada Penny.

Vistos cuatro capítulos, de momento una de cal y otra de arena. La serie es realmente graciosa, utilizando con gran habilidad su genial y amplio diseño de personajes, tanto en diversidad como en posibilidades (destacando por encima de todos Sheldon, interpretado por Jim Parsons, cuya jerga científica y su acento pseudo británico garantiza risotadas de las buenas). Pero de momento la veo algo estancada. La trama no avanza mucho y el "relleno" no me está interesando demasiado. Vale que sea una sitcom, pero no sé, siempre pido algo más.

Pero bueno, que como ya he dicho... ¡sólo llevo cuatro capítulos!
Un capítulo de esta serie ha bastado como para asegurarle a Jonathan Rhys Meyers y Sam Neill mi fidelidad y devoción hasta que los malos guionistas y directores nos separen.

Esta coproducción estadounidense, irlandesa y canadiense nos cuenta la juventud del rey Enrique VIII de Inglaterra, una parte de su vida que prácticamente se ha obviado en toda clase de producciones sobre esta figura del siglo XVI. De momento lo visto no podía ser más satisfactorio: un guión bien medido, que sabe cortar cuando tiene que hacerlo, en el límite entre lo televisivo y lo cinematográfico, pero consciente de su propia naturaleza. Buenas interpretaciones, una realización magnífica y con buen tacto por un ritmo pausado pero directo, que le sienta de maravilla a una producción ambientada en la época en que se ambienta. La cosa promete, y mucho, sobretodo con un Rhys Meyers absolutamente desatado.
Serie británica sobre adolescentes y sus tribulaciones. La excepción del subgénero, a juzgar por su primer y divertidísimo capítulo, dinámico como un adolescente cebado de hormonas como lo son sus protagonistas.

Skins tiene intérpretes... buenos y naturales (muy importante) intérpretes; tiene maneras, tiene diálogos y tiene una buena dirección detrás. Todo lo contrario que, por ejemplo, la patria Física o química, que anda más bien limitadita, y más actualmente en plena decadencia en absolutamente todos los sentidos. Así es como se tienen que hacer las cosas, querido Carlos Montero.

Como curiosidad, la serie se empezó a emitir en Antena Neox hace justamente un año. Desconozco si sigue en antena, pero vaya, ni loco pienso verla doblada.

No recomendada para padres políticamente correctos, sin duda.

Operación Pandemia, de Julián Alterini

Muchos de nosotros ya teníamos constancia de ello, con lo cual este mini documental no hace más que evidenciar lo que ya era evidente. El mundo se ha vuelto un lugar incontrolable para la sociedad, cuyas riendas poseen gente sin escrúpulos, con mucha hambre de poder y sed de dinero. Estamos viviendo en las entrañas de un pez que se muerde la cola... votar a supuestos líderes ya no sirve de nada, porque como diría Risto Mejide el verdadero trabajo de la actual sociedad política es ganar elecciones, y no gobernar un país.

¿Qué nos queda? No lo sé, pero probablemente sería algo que a ojos de gobiernos y telediarios sería etiquetado rápidamente como de "terrorista".

viernes, 7 de agosto de 2009

12 meses, 12 portadas: 'Enemigos públicos'

De vuelta de unos magníficos cuatro días y medio en París (crónicas diarias en breve), la ciudad del amor y de las cosas muy caras, renuevo la portada del blog con lo que es para mí desde ya una de las mejores películas del año.

Estoy hablando de Enemigos públicos, el nuevo film de Michael Mann (Heat, Collateral), un thriller de época protagonizado por Johnny Depp, Christian Bale y mi adorablisísísíma Marion Cotillard.

Como sucedió con Up (da gusto que el buen cine venga tan seguido), no debería extenderme demasiado, porque la crítica la publicaré en Cinefilo.es... pero que sepáis que la década de los treinta jamás fue tan palpable, y que el cine clásico y el moderno jamás ha colisionado con tanta fuerza y dinamismo como lo hacen en esta película.

Su estreno se espera para el próximo día 14, ¡y no os la podéis perder!

sábado, 1 de agosto de 2009

Je vais!

Lo siento fans de mis portadas, este día 1 no podréis ver la portada del mes de agosto. Tendréis que esperaros al menos hasta el viernes día 7, porque como ya dije en la anterior entrada... ¡mañana me voy a París! Y tengo la portada de agosto preparadita y todo, pero es que me parecería tontería ponerla y no actualizar durante tanto tiempo (que ya lo hago, pero bueno), y con la portada que pongo ahora pues como que queda todo bien clarito.

Esta tarde a rematar mi última tarde en España esta semana con el segundo visionado de Up. Cómo, ¿que aún no habéis ido a verla? ¿A qué diablos estáis esperando?

xDD.

En fin, que au revoir!! y nos leemos a la vuelta. ;D