Sigamos recuperando mis peripecias por
París de la primera semana del pasado agosto, que las he dejado muy abandonaditas ellas, pobrecitas.
Después de una
ajetreadísima jornada por todo el centro, no me imaginaba levantarme aún más temprano al día siguiente para continuar con la faena. Pero lo hicimos, por la cuenta que nos traía, ya que cuando estemos hechos unos viejunos echaremos de menos ese infernal dolor de pies y nuestro aguante duodenal en todos los sentidos.
El caso es que a las siete y media de la mañana ya habíamos iniciado nuestra rutina habitual con el transporte público parisino. Bus, tren y metro para coger un tren de la línea amarilla, la que te lleva a tomar por culo del mundo. Destino: el
Palacio de Versalles. A ver cómo vivía la monarquía francesa en los tiempos en que acabaron perdiendo la cabeza. El viaje en tren hacia el ahora suburbio parisino fue tranquilísimo, en unos trenes que personalmente se me antojaban idénticos que los de dos pisos de
Renfe. Pero mejores, claro. Aquí no ponen asientos acolchados ni hartos de vino. Y menos en Cataluña.
Llegamos sobre las nueve de la mañana, y al salir de la estación aquello fue un mini drama porque no nos ubicábamos ni para atrás. Pero gracias a los franceses, que son muy amables ellos (menos cuando te eliminan de mundiales), pues vimos un cartel que no era más que un folio enganchado en una farola con una indicación hecha en Microsoft Word hacia el Palacio. “Château de Versailles, hacia la derecha” (léase “hacia la derecha” como una simple flecha, claro; benditos símbolos ajenos a fronteras y lenguas).
No sé cómo será la ciudad en general, pero a simple vista parecía un lugar tranquilo y agradable, aunque naturalmente algo acosado por nosotros, los turistas, en las zonas que tengan algo que ver con el Palacio en sí. De camino a éste (sin ninguna perdida una vez encarrilado), muchas tiendas y padaritas vendiendo souvenirs de todo tipo relacionados con Versalles y París.

Y al llegar, pues bueno, pues bien, llegamos al Palacio y a sus territorios. Era gratificante estar en el patio de entrada por lo que sucedió allí durante la Revolución (si no me equivoco, todo aquello lo ocupó el pueblo en general, armado y pidiendo la cabeza de los que vivían tan humildemente en semejante chabola), pero el tamaño del palacio no era gran cosa.
Una vez hechas las fotos de rigor, enfeadas por unas obras de restauración que se estaban llevando a cabo en un ala del palacio, nos quedamos un poquitín aturdidos entre las riadas y decenas de colas de turistas que nos iban rodeando.
Veinte minutos después (xD) preguntamos por dónde se accedía a los jardines. Como nos dijeron que los interiores eran una mierdecilla y que no valía la pena pagar y esperar tanto por ello, pues nos fuimos a los jardines (al final nos acabamos arrepintiendo de ello...).
El primer chasco nos lo llevamos al llegar y comprobar que para acceder a los jardines también había que pagar… pero no había nada de cola. Y cuando digo nada es nada. Néant. Así que al lío. No recuerdo (o no quiero recordar) cuánto nos costó, pero con el carnet de estudiante salía más barato. Y como yo no tengo, pues me tocó joderme vivo.

Entramos y aquello era muy bonito. Pegaba el sol, pero daba igual. La primera impresión no podía ser más positiva. Las vistas de los jardines desde el patio que daba al pie del palacio eran impresionantes, y el entorno personalmente me cautivaba más por su contexto histórico que por su belleza y/o importancia artística. Tras cinco minutos haciendo fotos, pabajo. Bajamos las escaleras principales en dirección al Gran Canal, y nos colamos por un pasillo que no sabíamos a dónde conducía. Afortunadamente teníamos los mapas que cogimos a la entrada, así que más o menos nos fuimos guiando. Mientras más bajábamos, más erosionado se iba quedando el entusiasmo. Fuera del entorno de Palacio, aquello no eran más que unos jardines normales y corrientes por los que habíamos pagado una eurada.
Y repleta de bichos. Abejas, abejorros, y tal.
Que a mí me da igual, claro. Pero a otras no.

Tras dar la vuelta padre nos quedamos un buen rato por los alrededores de la Fuente de Apolo (ver imagen), haciendo fotos del paisaje y de un cisne muy majo que había allí. Tras hartarnos de aquello, del calor y de los bichos voladores, nos adentramos por uno de los jardines hasta llegar al “Bosquet de la Colonnade”, que no me hagáis buscad su nombre en español porque no tengo ganas y no sé.
Allí yo estaba muy bien pero otras no porque había bichos. El más gordo de todos, una mujer enorme como el Gran Canal que estaba allí vigilando para que nadie, y digo nadie, tocara nada de lo que había allí. Sólo los escalones, claro, para pisarlos (que para eso están) y sentarte en ellos. Antes de percatarme de su existencia, logré hacerme una foto apoyado con toda mi pachorra en una de las columnas.

Y no me di cuenta de que mientras apoyaba mi sobrepeso sobre aquello, el otro sobrepeso me avisaba a pleno grito pelao (con pitidos y todo, en francés, claro) que no tocara la columna. La que se dio cuenta fue mi amiga Laura, que al ir a hacerse la misma foto que yo, se pegó el susto de su vida con los pitidos que daba la mastodonta gabacha. El resultado: una de las mejores fotos de la historia, que no pondré aquí porque si no me mata. Ah, qué obra cumbre se pierde la humanidad…
Como ya eran las doce y estábamos hasta la polla de calor y jardines, nos fuimos, riéndonos de la inmensísima cola que había ahora para entrar. Así que cogimos al tren y nos piramos de vuelta a la capital.
La estación de metro nos dejaba al lado de
Notre Dame y además estaba de camino, así que decidimos rematar el asunto pendiente que siempre ha sido la catedral de París.

Imponente y postrada en uno de los lados de la pequeña
Isla de la Cité, el templo de estilo gótico siempre es un lugar especial. Se hace mucho más agradable su visita cuando está nublado o está a punto de llover, pero en esos momentos el sol picaba sobre la plaza de Parvis como un hijo de la gran puta. El terrible gentío que había (y no me voy a engañar: siempre ha habido) no ayudaba nada en absoluto. Unas cuantas fotos, y nos fuimos para adentro, que al menos yo nunca la había visto antes.
Como siempre pasa en estos casos, sentí un poco de indignación al principio. No es que sea religioso, ni mucho menos, pero es que aquello parecía o un parque temático o un mercadillo de domingo, con paraditas de todas las clases en el interior del templo. Está muy bien que la gente vaya a visitarlo, pero, ¿de verdad hace falta prostituirlo de esta forma? Y ojo, no sólo pasa en Notre Dame, sino que es algo que he visto también en la Catedral de Barcelona.
En fin, todo muy bonito, como era de esperar, y con mucha gente dentro haciendo fotos con flash cuando estaba prohibido. No sólo la Iglesia Católica hacía lo que le salía de sus (presuntamente) vírgenes genitales, sino también la gente en general. Para ir variando, claro.

Con la tontería, el día se nos iba acabando. Ya no teníamos pies, pero nos quedaba otra asignatura pendiente: el
Cementerio del Père-Lachaise, que estaba a tomar viento y tuvimos que coger una línea de metro que no estábamos acostumbrados a coger.
Construido a principios del siglo XIX, es el cementero más grande de la ciudad intramuros, y uno de los más conocidos del mundo. Entre muchas otras celebridades, allí están enterrados
Oscar Wilde (escritor y dramaturgo irlandés),
Jim Morrison (vocalista de
The Doors), y la que más me interesaba visitar: la cantante francesa
Édith Piaf.
A pesar de ser tétrico de cojones, la verdad es que era un lugar muy apacible y con mucha gente visitándolo. Como es obvio, había tumbas antiquísimas, y su visita resultó la mar de curiosa. Había tumbas desquebrajadas y todo, con lo cual podías entrever su interior si te atrevías, porque la verdad es que daba mucho respeto.

Los momentos en que visitamos a
Jim Morrison,
Édith Piaf y
Oscar Wilde fueron momentos muy especiales, pero extraños a su vez. Estar ante el lugar de reposo eterno de alguien célebre, a quien admiras y que obviamente nunca has conocido, es algo realmente indescriptible.
Tras casi hora y media en el cementerio, fuimos a visitar muy brevemente el Noveno Distrito de la ciudad, en el cual están la
Ópera de París y las
Galerías Lafayette.

La Ópera es simplemente impresionante, un edificio brutal al que te quedas mirando y haciendo fotos un buen rato. Aparentemente Lafayette era de lo más normalito, como los Corte Inglés de Madrid o Barcelona, pero como no entramos porque estábamos agotadísimos, pues no pudimos ver su precioso interior.
Después de dar un largo rodeo buscando algún sitio donde comer o tomar algo, encontramos un local que estaba justo al lado de Lafayette. Todo el mundo se pidió unas crepes, menos yo, que pedí una Fanta de naranja porque sólo tenía sed.
Y bueno, aquello fue un robo a mano armada.
Vale que estás al lado de las Galerías Lafayette, pero tio, ¿cobrarme cuatro putos euros con diez jodidos céntimos por una maldita Fanta de naranja de tamaño normal no es ABUSAR?
En fin, que no hace falta decir que la disfruté como si fuera la última Fanta de naranja que me iba a tomar en toda mi vida. Me la bebí muy lentamente y saboreando cada burbuja, cada mililitro, cada adherente químico, cada colorante. Incluso me zampé los hielos, algo que nunca hago, incluso en tiempos de sequía.
Aquí tenéis un antes y un después:

Dolió. Y esa crepe que se ve de fondo seguramente sería la rehostia.
La jornada terminó con una noche algo loca en la habitación del hotel. Pero no bajamos la guardia: al día siguiente había que volver a madrugar.
Esta vez, nos esperaba
Disneyland París. ^^