En muchas ocasiones uno no puede remediar preguntarse cómo puede existir gente tan hija de puta. Ves el telediario y compruebas que a la gente le pasa de todo, pero siempre existe cierta distancia entre lo que te cuentan por la tele y tu propia realidad. Piensas que eso nunca te puede pasar a ti, como si los sucesos que aparecen en el telediario fueran ficción, obra de algún guionista fracasado que se gana la vida como muy buenamente puede.
Hasta que te pasa, y entonces piensas un “Joder” bien grande y hermoso.
No, afortunadamente (y Dios me libre) no he tenido ningún accidente de coche, no he quedado paralítico y no trabajaré con la DGT para hacer campaña por Navidad en colegios, autoescuelas y asociaciones de alcohólicos anónimos. Lo que experimenté fue infinitamente más leve, pero el susto no te lo quitará nadie de por vida.
Mis padres tienen un bar, y quieren traspasarlo. Esta premisa que podría dar lugar a una serie de televisión ganadora de varios Emmy’s ya hace más de un año y medio largo que dura. Poner en traspaso un negocio en tiempos de crisis tiene estas cosas maravillosas…
Hace cuestión de dos o tres semanas vinieron dos hombres procedentes del Camerún, que afirmaban venir de Francia y ser empresarios interesados en el negocio. Querían reformar el bar, y reabrirlo con dos “señoras españolas” (sic) detrás de la barra como sus empleadas. Nada hacía presagiar nada malo. Incluso se mostraron acorde cuando mis padres les sugirieron si podían buscar ellos mismos a sus sucesores. Ningún problema en absoluto. Decían que tenían el dinero, y que querían proceder con la operación ya.
Tengo que decir que a mí ya me dieron una mala impresión nada más comentármelo mi señora madre, pero bueno, no dije nada por si acaso.
El sábado pasado no, el anterior, mis padres quedaron con ellos para llevar a cabo la operación, tramitar el traspaso, etc. La Isla quiso que a mi padre le diese el venazo de pedirnos a mí y a mi hermana mayor que viniéramos y estuviéramos presentes. Porque si no llegamos a estar, no sé cómo hubieran salido las cosas.
Los cameruneses llegaron tarde. Dos hombres, uno menudo y el otro más corpulento, bastante oscuros de piel y vestidos de forma muy elegante. Jerseys, camisas, pantalones y zapatos de marca, además de relojes de oro en cada muñeca. Una presencia impecable y unos modales ejemplares. Dijeron que acababan de llegar en taxi, directamente desde el aeropuerto. Habían venido a España sólo para realizar el traspaso.
Una mosca gorda empezó a revolotear detrás de mi oreja cuando dijeron que no llevaban el dinero encima, que por el momento sólo tenían un 15%, y que lo que tenían lo habían camuflado, para que los de aduanas no les parasen con tanto dinero encima. Así es, nos querían pagar en negro (je…). En un principio mis padres no tenían ningún problema con ello, puesto que habían consultado con abogados y colegas en el banco, y les dijeron que hasta cierta cantidad era perfectamente legal.
Lo que no era legal era lo que estaban a punto de proponernos los cameruneses.
Para camuflar los billetes, los habían tintado de color negro. A simple vista, eran cartulinas del tamaño de billetes de cincuenta ó cien euros. Los tíos nos pidieron ayuda para destintar el 15% del traspaso que tenían en “otra parte”, otro día, en el mismo bar, de noche y por supuesto con las persianas bajadas. Trajeron un par de billetes tintados y nos ofrecieron una demostración de cómo destintarlos: un paripé bastante lamentable para el que nos pidieron un billete de cincuenta euros, el cual envolvieron con dos billetes supuestamente tintados, los cuales “rebozaron” con productos químicos que, supuestamente, destintarían o clonarían el billete de cincuenta por arte de magia, no sin antes lavarlos bien en un cubo de agua que también nos pidieron.
Antes de empezar semejante truco de magia que ni David Copperfield, y tras notar ciertas señales de nerviosismo en ellos (uno no paraba de dar sorbitos a la cerveza que mis padres le habían servido y de estudiar el lugar con la mirada perdida, mientras el otro hablaba con mis padres con un castellano torpe y tartamudo), yo saqué mi iPhone y empecé a googlear como si no hubiera un mañana. Las palabras a introducir salieron solas: “timo billetes tintados”. Encontré varios artículos que describían a la perfección todo lo que os he descrito, todo lo que mi familia y un servidor vivimos en el bar aquella tarde de sábado.
Al descubrir el pastel (benditos sean los smartphones) y ver las caras de incredulidad de mis padres ante la demostración, que aún les tomó veinte minutos más, las ganas de saltar y echarlos a patadas (o a machetazos en la puta cabeza) crecían y crecían dentro de mí. A saber lo que esos dos podían ser capaces de hacer, quiero decir eran simples estafadores, pero más valía prevenir que curar. Me limité a enseñarle un artículo que había encontrado a mi hermana mayor, sentada frente a mí, disimulando como si hubiera encontrado algo gracioso, y hablando entre nosotros siempre en catalán. Mi hermana disimuló muy bien, pero supe leer en sus rasgos faciales la cara que pone cuando se asusta y cree estar en peligro. Entonces uno de ellos nos preguntó con curiosidad si hablábamos francés, y no, le respondimos que hablábamos catalán, como si nos lo preguntase el mismísimo Francisco Franco.
Entonces los cameruneses pronunciaron las palabras mágicas: “Nos gustaría saber qué os parece”. En el acto, mi hermana soltó, mirando a mis padres, que “Bueno, ya os lo pensaréis y, si eso el lunes, les llamamos a ver qué tal”. Y así fue. Nos despedimos amablemente de ellos, y quedamos con que el lunes les llamaríamos. Cuando salieron por la puerta y estuvieron lo suficientemente lejos, mi hermana y yo les enseñamos a mis padres el artículo que habíamos encontrado que, repito, describía de principio a fin la situación.
Y nos cagamos en todo. Básicamente por varios motivos:
1.- A nadie le gusta experimentar una situación semejante, en la que estás siendo consciente (o no) de que te están tomando el pelo en tus narices. Es muy fácil ponerse en el pellejo de alguien a quien le ha pasado algo parecido, pero sin lugar a dudas no se acerca ni de lejos a la realidad, ni tan siquiera en las reacciones que pensaste que pudieras tener.
2.- Mis padres están hartos del bar. Se habían ilusionado con el traspaso, y ya se habían mentalizado con que septiembre sería su último mes detrás de la barra, queráis o no uno de los trabajos más hijos de puta que existen. Quedarte sin traspaso en cuestión de minutos es una cosa, pero quedarte sin él intentando estafarte al mismo tiempo es algo muy distinto. Y frustrante.
Al final mi padre llamó ese lunes para cancelar la operación. Les dijo que a mi madre y a él no les habían gustado las condiciones, y que lo dejaban estar, que no querían saber nada más de ellos y que ni se les ocurriese por el bar para hablarlo, colgando inmediatamente. De eso hará más de una semana, y no hemos vuelto a saber nada de ellos.
Yo insistí en denunciar, pero mis padres no quisieron. Están mayores y no tienen las ganas ni las fuerzas de enfrentarse tanto a movidas judiciales, como a posibles represalias en el futuro. Son estafadores de poca monta, unos desgraciados y no unos sicarios, pero en estos casos nunca se sabe… Les he respetado eso, porque en realidad yo también tengo ese “no sé qué” en el cuerpo. Lo peor es que siguen a sus anchas y seguramente vuelvan a intentarlo con otra gente… espero que ellos sí se vean capaces de denunciar si no caen en tan obvio engaño, y los encierren el tiempo que haga falta.
Muuuuuy fuerte!! :O
ResponderSuprimirDesde luego ya no saben qué inventar para aprovecharse de la gente de bien...
Joder, qué hija de puta es la gente (perdona por el vocabulario). Esos serán de poca monta, pero el jefazo que tienen detrás, puf...
ResponderSuprimirBenditos sean los teléfonos con Internet.
Espero que ya estéis todos más tranquilos. Hubiera sido mejor denunciarlo, eso desde luego, pero es normal que sintáis ese "no sé qué". Y, ante todo, que tus padres no se desanimen por ese bache.
Directamente, cualquiera se olería algo raro con el rollo de unos billestes tintados... Hoy en día, uno no se puede fiar de nada ni de nadie y hay que ir con veinte pares de ojos abiertos.
ResponderSuprimirJoer, tu actuación ha molado, muy Flanagan todo, espero que a esos desgraciados les pillen.
ResponderSuprimirD:, a mí me ocurre eso y no duermo en una semana. Lo juro.
ResponderSuprimirYo habría instado a mi familia a denunciar, porque igual habría servido de algo. Pero comprendo que no lo hicieseis, se te queda un regomello en el cuerpo... Lo que es el miedo, eh.
Yo solo con el tema de los billetes tintados, ya hubiera visto que eso no era legal... sobre el traspaso del bar, entiendo la frustración de tus padres... sabes el bar La Oficina en la Rambla de Viladecans? Era de mi tia, y tengo entendido que tmb le costó lo suyo traspasarlo... de hecho, hace relativamente poco, y han habido unos trapicheos raros... pero en fin, ya no es suyo y una preocupación menos, que llevar un bar, tiene tela.
ResponderSuprimirYo sincaeramente, hubiera denunciado, entiendo ese "no se qué" pero permitir que timen a alguien de esta manera? En serio, que asco de gente, y que fuerte haberlo vivido.
Ah, y me ha encantado lo de hablar en catalán xD eso lo he hecho muchas veces yo tmb para que la gente extranjera no me entienda, es divertido xD