24 de octubre de 2010

Últimas críticas: La Red Social y Déjame Entrar

Hace doce días exactos que no actualizo, y siento la necesidad de generar contenido. Me he medio curado de la laringitis y llevo más de una semana sin afeitarme, pero en realidad no tengo nada nuevo sobre lo que escribir (a no ser que convierta el blog en un drama venezolano), así que he pensado en dar un toque de atención a los más despistadillos, y recordaros que durante esta semana que está a punto de terminar, publiqué en Cinefilo.es dos nuevas críticas sobre dos de los estrenos más recientes: La Red Social, excelente nuevo trabajo de David Fincher; y Déjame entrar, versión estadounidense dirigida por Matt Reeves (Monstruoso) de la novela de John Ajvide Lindqvist, y que no tiene nada que envidiar a la adaptación sueca dirigida por Tomas Alfredson y estrenada en España durante abril del año pasado.

Ya sé que mis críticas en Cinefilo.es tienen su pequeño rincón en la barra lateral derecha, pero qué demonios, así les dedico más protagonismo.

The Social Network, David Fincher

David Fincher inició con la entrada al nuevo milenio una clase de formalización de su cine. La locura sucia y frenética hecha celuloide caracterizó su filmografía hasta La habitación del pánico (Panic Room, 2002), donde su dirección pasó a ser más limpia y elegante, sin dejar a un lado cierta curiosidad con la cámara, que plasmó en la pantalla con zooms imposibles en planos secuencia técnicamente intachables. Cinco años después, sorprendió a propios y extraños con la evolución de ese cine que apenas dejó vislumbrar en la película protagonizada por Jodie Foster. A pesar de su tibia acogida por parte del público, Zodiac (2007) llegó caída del cielo, en la que Fincher añadió a su repertorio esa sobriedad tan distante y carente de prejuicios que ya se ha convertido en marca de la casa.

La Red Social continúa por esa vertiente de forma notable. El libreto de Aaron Sorkin -escrito con una exquisitez precisa como un bisturí, al dotar los diálogos de un ritmo endiablado sin dejar que perjudiquen en ningún momento las dos horas de metraje- sirve como un aliciente perfecto para el festín de auténtico cine que prepara David Fincher. El film toca a pies juntillas la red social que creó Mark Zuckerberg (interpretado por un Jesse Eisenberg en estado de gracia) en 2003, Facebook, convirtiéndola con habilidad en un mcguffin para desarrollar una historia sobre ambición, dinero y traición de corte clásico. La sobriedad de la dirección de Fincher va como anillo al dedo a un relato ansioso de neutralidad visual y narrativa. Por fortuna, el director de El Club de la Lucha (Fight Club, 1999) le corresponde con el ejercicio de estilo cinematográfico más estimulante del año...


Let Me In, Matt Reeves

Existe mucha animadversión hacia los remakes. Casi demasiada, y enfermiza. El principal argumento en su contra -y no precisamente carente de razón- es la falta alarmante de ideas que impera en el cine producido en los Estados Unidos. Adaptaciones desde otros medios (cómic, videojuegos, literatura…), secuelas y remakes inundan la gran parte del catálogo de productos que el cine estadounidense estrena dentro de su territorio y exporta a mercados internacionales. Es comprensible que anuncios de remakes sobre películas tan -relativamente- recientes como Depredador (Predator, John McTiernan – 1987), La Mosca (The Fly, David Cronenberg – 1986) y Funny Games (Michael Haneke – 1997) provoquen cierta controversia. Estamos hablando sobre una ley del mínimo esfuerzo por parte de productores y directores, demasiado fácil e irresistible, pero hablamos también sobre una estrategia de marketing que, en cierta medida, beneficia al espectador.

Producir y estrenar una nueva versión de una película ya existente, en plena era de la información omnipresente, conlleva relanzar en cierto modo la película original. Siempre existirá el público vago, aquél que demuestra cierta ignorancia ante el escaso interés en saber lo que está viendo en el cine, más allá de ver “la película del momento” ese fin de semana; pero también existe y seguirá existiendo el público inteligente y curioso: aquél que, con toda probabilidad, se informará de la película que verá ese viernes en la gran pantalla, y descubrirá -si no lo sabía de antemano- que pagará por una nueva versión de una película que ya se estrenó tiempo atrás. El gasto de la entrada de cine para ver el remake, podría significar un gasto adicional para adquirir la versión original en la que se ha basado dicho film (en un país idílico y sin vacíos legales en el que la piratería estuviera prácticamente erradicada; no es el caso del nuestro), en un lanzamiento doméstico que, probablemente, esté distribuido expresamente por la productora que estrenó la nueva versión ese mismo viernes. Todos salen ganando matando dos pájaros de un tiro: la productora vende dos versiones de una historia por partida doble, y el espectador enriquece su visión y criterio cinematográfico...

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