En efecto, amigos, soy consciente de que en la primera entrega de Planos que me ponen indiqué que se trataría de una sección semanal, y sé que no he podido cumplir lo que dije. Os pido disculpas por ello, y os digo ya que a pesar de que tengo intención de continuarla (me encanta la idea y el hecho de compartir mi visión cinematográfica sobre secuencias y planos de ciertas películas), no lo haré cada semana.
La vida tiene estas cosas, que no siempre puedes escribir un artículo kilométrico semanal por amor al arte. Si cobrase por lo que hago en este blog personal, otro gallo cantaría, pero como de momento no es el caso y nadie me manda en este percal, puedo administrarlo como me salga de mi refinada napia.
La vida tiene estas cosas, que no siempre puedes escribir un artículo kilométrico semanal por amor al arte. Si cobrase por lo que hago en este blog personal, otro gallo cantaría, pero como de momento no es el caso y nadie me manda en este percal, puedo administrarlo como me salga de mi refinada napia.

Dicho esto, iré a por faena. Aprovechando que se cumple el decimonoveno aniversario de La Bella y la Bestia –la versión de Walt Disney Pictures dirigida por Gary Trousdale y Kirk Wise, con canciones del tristemente desaparecido Howard Ashman y el aún en activo Alan Menken–, os comentaré mi secuencia favorita de la película, que no es ni más ni menos que el mismísimo desenlace del film. Lo sé, he cogido ese extraño habito de comentar los finales de las películas, pero es lo que tiene.
A partir de este punto, spoilers (aunque no sé quién es el bicho raro que no sabe cómo termina La Bella y la Bestia hoy en día):
Los planos que comentaré pertenecen a una de las secuencias finales de la película, en la que Bestia sufre la transformación que le devolverá su aspecto original (y por ende, también al resto de su corte y hasta la gótica fachada de su castillo).
Siempre me ha hecho gracia la gente que argumenta en contra de la película esta escena, puesto que, según ellos, el mensaje de la cinta reside en que la belleza está en el interior y bla bla bla, pero bien que al final Bestia se convierte en un macizo rubio de ojos azules que hace que cierta parte del cuerpo de Bella de palmadas de esas legendarias.
En primer lugar, sí que es cierto que parte del mensaje de la película es ese (el interior primero y bla bla blaoh…), pero nunca se hace explicito a lo largo del metraje, que es el principal problema de, al menos, la versión española de la película, y que es lo que podría volver al film un tanto recalcitrante. Lo malo de los doblajes es que, muchas veces, se inventan cosas que los responsables de las películas nunca ponen en boca de sus protagonistas. La Bella y la Bestia es otro caso más dentro de la filmografía de Disney, en la que los responsables de adaptar al castellano las magníficas canciones de Howard Ashman y Alan Menken se sacan de la manga una letra que, en realidad, no se corresponde con lo que se dice originalmente (como en La Bella Durmiente, en cuya versión original nunca se menciona el hecho de estar esperando a un príncipe azul, ni tan siquiera el término "príncipe azul" en sí mismo). Estoy hablando de la canción que comparte título con la película, en la que se dice textualmente que:
“Debes aprender, dice la canción, que antes de juzgar tienes que llegar hasta el corazón. Cierto como el sol, que nos da calor, no hay mayor verdad, la belleza está en el interior.”
Todo muy bonito. Pero no. Es aún mejor, menos de sueño repipi de cría con habitación toda de color rosa, y más de cuento europeo de verdad. La canción original no dice exactamente eso, sino lo siguiente:
“Tale as told as time, Tune as old as song, Bittersweet and strange, Finding you can change, Learning you were wrong. (Un relato tan antiguo como el tiempo, Una melodía tan vieja como la canción, melódica y exótica, Descubriendo puedes cambiar, Aprendiendo que estabas equivocado.)
Certain as the sun, Rising in the east, Tale as old as time, Song as old as rhyme, Beauty and the Beast. (Cierto como el sol que se alza en el este, Un relato tan antiguo como el tiempo, Una canción tan vieja como el ritmo, La Bella y la Bestia)”
¡Ah! La cosa cambia, ¿no? De repente nos encontramos con una película distinta, con una cinta que no recurre al subrayado cansino y empalagoso para resaltar su supuesto mensaje, sino que, de repente, celebra el nacimiento del amor entre sus dos protagonistas y, por consiguiente, la trama del film.
Se trata de pura narrativa musical y cinematográfica, cine en mayúsculas que se confirma con los planos y la secuencia que os quería comentar desde un principio, pero que sin comentar lo de la canción no me hubiera quedado tranquilo.
Bella ha vuelto al castillo temiendo que Gastón, el armario cachas y guapo del pueblo que quiere casarse con ella (alegoría personificada del machismo más rancio), ponga en peligro y asesine a Bestia por despecho y celos. Tras una pelea final en la que Gastón muere por accidente, Bestia, aquejado por una puñalada que le ha propinado el villano, muere aparentemente en los brazos de Bella, quien le confiesa su amor justo segundos antes de que caiga el último pétalo de la rosa encantada que le entregó una hechicera años atrás, rompiendo así el maleficio que recaía sobre él, su corte y su castillo.





Bestia vuelve a su estado original, en un plano especialmente diseñado para el impacto eufórico en la platea, ya no sólo por el momento crucial en la historia, sino porque recuerda al retrato del protagonista que, en el prólogo, es hecho pedazos.




Bella le mira con incredulidad, y Bestia le asegura que es él. Aquí está la clave de la película, la que hace que me ría a carcajadas cada vez que alguien dice que es una película hipócrita por todo lo que he dicho anteriormente:


Bella se acerca y dirige su mirada a su cabello y lo toca, estudiando su textura y comprobando que es el mismo que horas antes recubría todo su cuerpo.


Entonces le mira a los ojos, y la cámara muestra un primer plano de los ojos azules de Bestia transformado en humano. Se dice que los ojos son el espejo del alma (gracias a un gran trabajo de diseño de personajes), y tanto Bella como nosotros escudriñamos en ellos para encontrar el alma de Bestia, el personaje que conocemos y que ahora tiene otro aspecto. Bella, finalmente, reconoce al ser al que ama más allá de su físico.

Sobre gustos no está escrito, y a algunos posiblemente os parezca algo de lo más cursi, no os lo debatiré. Lo que no es debatible es el valor cinematográfico de una obra como esta, tanto en solitario como a nivel histórico, puesto que La Bella y la Bestia significó, junto a La Sirenita, el Renacimiento de Disney a principios de la década de los noventa –cuando la factoría pasaba uno de sus peores momentos–, una época dorada de auténtico esplendor económico y artístico (a veces) que vio su final con Tarzán, el último gran clásico, el cual dejó paso a toda una nueva generación de artistas y creadores que nos han brindado muchas de las mejores películas de la historia de la animación actual. Gente que se hace llamar Pixar…