Antes de contaros esta historia, os daré unos segundos para los aplausos y las risas histéricas después del ingenioso y divertidísimo título que se me ha ocurrido para esta entrada. Yo mismo no me explico la chispa que tengo, de veras. Las felicitaciones, las botellas de cava, los ramos de rosas y las proposiciones sexuales, por favor, en privado. Gracias.
And now, something completely different.
El pasado 6 de mayo se pusieron a la venta las entradas para el concierto que
Lady Gaga, mi ama y señora, ofrecerá en el
Palau Sant Jordi de Barcelona, el próximo 7 de diciembre. Como es obvio y como buen
little monster, compré las entradas nada más salir a la venta. Fue un proceso complicado, ya que la web que ofrecía la pre-venta se colgaba constantemente, así que no había forma humana ni divina de comprar las entradas, y el tiempo apremiaba… Al final, y tras insistir como un condenado, conseguí hacerme con ellas, en la grada que quería y en las butacas que quería, no sin antes traficar con mis órganos vitales para poder pagar por las dichosas localidades. Una barbaridad de precios, pero con tal de poder ir al concierto, lo que fuera. No me lo quería perder por nada del mundo.
Ese mismo mes era el cumpleaños de mi hermana mayor
Carmen, concretamente el día 21. Una de las cuatro entradas que pillé era para ella, así que pensé que qué mejor detalle que regalársela para su cumpleaños. Como lo consideré un regalo muy especial, no me limité a envolver la entrada con papel de regalo o en un simple sobre, así que el día 20 (si no recuerdo mal) fui en busca de una caja del tamaño de la entrada, y unos pétalos perfumados con que rellenarla. La idea era dar una impresión falsa sobre el regalo, que no se notase absolutamente nada que era la entrada y, al mismo tiempo, que fuera algo especial. Y así fue, mi hermana abrió la caja y, en esos instantes únicos, fue la chica más feliz sobre la faz de la Tierra. Comimos perdices y fuimos felices… hasta unas semanas después.
El drama se desencadenó cuando mi hermana se encontró la entrada, la
típica amarilla del
ServiCaixa, con toda la tinta de vacaciones. Al parecer no abrió la caja desde el día de su cumpleaños, así que la falta de oxígeno y los pétalos perfumados evaporaron literalmente gran parte de la tinta de una entrada que costó prácticamente cien euros. Sollozos, ataques de ansiedad, desesperación, llamadas a los Mossos e intentos de suicidio. Si la mismísima
Lady Gaga se hubiera imaginado aquello, habría venido en persona para hacer reaparecer la tinta por arte de magia con su
disco stick, y ya para aprovechar el viaje, fulminar toda la escoria de mi barrio con una simple mirada de desaprobación y tener sexo salvaje conmigo.
Ante semejante panorama y falta de sexo desenfrenado, era más que obvio y de sentido común que mi deber residía en tranquilizar a mi hermana y decirle que todo saldría bien, que lo solucionaríamos, pese al contagio de pesimismo extremo en ocasiones muy puntuales. En nuestras cabecitas llovían las ideas sobre el qué hacer en esa situación tan inusual, desde el llamar a
La Caixa hasta presentarse en las puertas del Palau Sant Jordi el día del concierto, con la entrada sin tinta y confiando en que el personal estuviera recién follado y de buen humor.
Al final la cordura triunfó en el mundo y Zapatero dimitió, pero eso es otra historia. Lo que hicimos fue presentarnos en las oficinas que
La Caixa tiene en las ramblas de Gavà. John Locke, la Isla, Jacob, Yoda, Jesucristo y el Destino quisieron que nos atendiera la cajera más feliz que nos hemos encontrado nunca jamás. Vestida muy formal, con su coleta de alumna de primaria y su actitud de no haber sido corrompida por nada ni nadie en su puta vida, nos atendió con todo el gusto del mundo, como si cada mirada nuestra fuera un halago para ella, un chute de autoestima que hiciera que hablase como si tuviera un vibrador
en lo más profundo de su ser las veinticuatro horas del día. Parecía no conocer el hambre, la muerte y las miserias del mundo y no tener remordimientos por ello.
Le comentamos el tema con todo lujo de detalles. Fuimos asquerosamente sinceros.
"Sí, err, compramos esta entrada y la metimos en una caja llena de pétalos perfumados, y parece que la tinta se ha evaporado…"
La chica, siempre sonriendo, le restó importancia y calificó el
affaire como algo muy gracioso. Nos dijo que no había ningún problema, siempre y cuando tuviéramos a mano el DNI del comprador (servidor). Afortunadamente, aún quedaba algo de tinta en la entrada como para comprobar ciertos dígitos que fueron de mucha utilidad. Tras dejarle el DNI, la chica hizo un par de llamadas para realizar unas comprobaciones de rigor, y mandó una fotocopia de mi carné de identidad y de la entrada por FAX.
No hizo falta nada más para conseguir un duplicado de una entrada para el concierto de
Lady Gaga en Barcelona y que costó más o menos cien euros. Con una sonrisa de oreja a oreja, como si considerase nuestro problema algo personal, nos dijo que nos pasásemos durante la última semana de junio o la primera de julio, para recoger nuestro duplicado, el cual nos entregaría ella misma en persona.
Y así fue. Tras unos días de incertidumbre y sin saber qué hacer, observar que la solución era así de fácil nos llenó de satisfacción y alegría. A mí se me quitó un peso de encima por saber que no perdí cien euros por culpa de unos pétalos perfumados hambrientos de tinta barata, y las ganas de mi hermana de ir al concierto de la Gaga si no se triplicaron es que son ganas que le de pam pam en el culete.
Aprendimos una gran lección: Hacer caso omiso de las indicaciones que
La Caixa hace detrás de las entradas del
ServiCaixa (donde te dicen claramente que es tu responsabilidad el cuidar bien la entrada, y que el que te la cambien por otra es algo prácticamente improbable), y que la posibilidad de conservar un documento así de importante dentro de una caja con pétalos perfumados era algo a descartar de por vida. Por nuestra salud mental y económica, y porque una noche única que recordaremos toda nuestra vida estaría en juego. Y eso es algo que no nos podemos permitir.