lunes, 25 de octubre de 2010

El camino fácil


Estaba viendo mientras cenaba el telefilm (o mini serie, ni idea de lo que es realmente) que Telecinco se ha sacado de la manga sobre la historia de amor entre los actuales Príncipes de Asturias, y se me ha caído un poco el alma a los pies. Un poco porque ya me imaginaba semejante resultado, pero uno siempre mantiene cierta esperanza en producciones patrias. Ya se sabe, por si alguna vez toca la campana.

Desde luego, Felipe y Letizia no es el caso. Es que ni con el título logran acertar.

No sé por qué los responsables de algunos despropósitos nacionales tienen que caer prácticamente siempre en el sensacionalismo periodístico tan barato (alguna que otra peli sobre el 23-F) o en el corazón más sonrojante, ingenuo, repipi y poco productivo (la tal Felipe y Letizia que se está emitiendo en estos momentos, o una sobre Alfonso de Borbón que se emitió hace poco, Alfonso, el príncipe maldito, ambas producciones de Telecinco, más las que están por venir...). Muchos de estos productos suelen ser meros globos sonda para atraer a los espectadores a debates o especiales anteriores o posteriores a su emisión, dejando el nivel artístico (y ya no digo el intelectual, porque lo único que cuenta en este país es el marujeo de barrio, aún y en cuestiones importantes de Estado) por los suelos más denigrantes de España.

Me voy a otros países para ver cómo su cine (incluso el que se emite por televisión) sí se pone las pilas a la hora de retratar a sus dirigentes y/o monarcas. Veo El hundimiento (Alemania), The Queen (Reino Unido), Nixon (Estados Unidos), o la venidera El discurso del Rey (Reino Unido), y no puedo sentir más que envidia por su nivel cinematográfico. No pido la mejor película de todos los tiempos para un telefilm que se emite en Telecinco o en Televisión Española sobre la monarquía española o los días más delicados de la Transición; lo único que me gustaría ver es un poco más de seriedad a la hora de tratar ciertos temas, que dejemos el amarillismo barato y cutre para los programas del corazón que se alimentan sobre ello y/o cualquier tertulia o programa de los cavernícolas de Intereconomía. Al fin y al cabo, de entre todas las producciones que se han realizado en nuestro país sobre temas semejantes, sólo he visto una que valiera realmente la pena: 23-F: El día más difícil del Rey, protagonizada por un inmenso –como casi siempre- Lluís Homar y emitida en Televisión Española.

domingo, 24 de octubre de 2010

Últimas críticas: La Red Social y Déjame Entrar

Hace doce días exactos que no actualizo, y siento la necesidad de generar contenido. Me he medio curado de la laringitis y llevo más de una semana sin afeitarme, pero en realidad no tengo nada nuevo sobre lo que escribir (a no ser que convierta el blog en un drama venezolano), así que he pensado en dar un toque de atención a los más despistadillos, y recordaros que durante esta semana que está a punto de terminar, publiqué en Cinefilo.es dos nuevas críticas sobre dos de los estrenos más recientes: La Red Social, excelente nuevo trabajo de David Fincher; y Déjame entrar, versión estadounidense dirigida por Matt Reeves (Monstruoso) de la novela de John Ajvide Lindqvist, y que no tiene nada que envidiar a la adaptación sueca dirigida por Tomas Alfredson y estrenada en España durante abril del año pasado.

Ya sé que mis críticas en Cinefilo.es tienen su pequeño rincón en la barra lateral derecha, pero qué demonios, así les dedico más protagonismo.

The Social Network, David Fincher

David Fincher inició con la entrada al nuevo milenio una clase de formalización de su cine. La locura sucia y frenética hecha celuloide caracterizó su filmografía hasta La habitación del pánico (Panic Room, 2002), donde su dirección pasó a ser más limpia y elegante, sin dejar a un lado cierta curiosidad con la cámara, que plasmó en la pantalla con zooms imposibles en planos secuencia técnicamente intachables. Cinco años después, sorprendió a propios y extraños con la evolución de ese cine que apenas dejó vislumbrar en la película protagonizada por Jodie Foster. A pesar de su tibia acogida por parte del público, Zodiac (2007) llegó caída del cielo, en la que Fincher añadió a su repertorio esa sobriedad tan distante y carente de prejuicios que ya se ha convertido en marca de la casa.

La Red Social continúa por esa vertiente de forma notable. El libreto de Aaron Sorkin -escrito con una exquisitez precisa como un bisturí, al dotar los diálogos de un ritmo endiablado sin dejar que perjudiquen en ningún momento las dos horas de metraje- sirve como un aliciente perfecto para el festín de auténtico cine que prepara David Fincher. El film toca a pies juntillas la red social que creó Mark Zuckerberg (interpretado por un Jesse Eisenberg en estado de gracia) en 2003, Facebook, convirtiéndola con habilidad en un mcguffin para desarrollar una historia sobre ambición, dinero y traición de corte clásico. La sobriedad de la dirección de Fincher va como anillo al dedo a un relato ansioso de neutralidad visual y narrativa. Por fortuna, el director de El Club de la Lucha (Fight Club, 1999) le corresponde con el ejercicio de estilo cinematográfico más estimulante del año...


Let Me In, Matt Reeves

Existe mucha animadversión hacia los remakes. Casi demasiada, y enfermiza. El principal argumento en su contra -y no precisamente carente de razón- es la falta alarmante de ideas que impera en el cine producido en los Estados Unidos. Adaptaciones desde otros medios (cómic, videojuegos, literatura…), secuelas y remakes inundan la gran parte del catálogo de productos que el cine estadounidense estrena dentro de su territorio y exporta a mercados internacionales. Es comprensible que anuncios de remakes sobre películas tan -relativamente- recientes como Depredador (Predator, John McTiernan – 1987), La Mosca (The Fly, David Cronenberg – 1986) y Funny Games (Michael Haneke – 1997) provoquen cierta controversia. Estamos hablando sobre una ley del mínimo esfuerzo por parte de productores y directores, demasiado fácil e irresistible, pero hablamos también sobre una estrategia de marketing que, en cierta medida, beneficia al espectador.

Producir y estrenar una nueva versión de una película ya existente, en plena era de la información omnipresente, conlleva relanzar en cierto modo la película original. Siempre existirá el público vago, aquél que demuestra cierta ignorancia ante el escaso interés en saber lo que está viendo en el cine, más allá de ver “la película del momento” ese fin de semana; pero también existe y seguirá existiendo el público inteligente y curioso: aquél que, con toda probabilidad, se informará de la película que verá ese viernes en la gran pantalla, y descubrirá -si no lo sabía de antemano- que pagará por una nueva versión de una película que ya se estrenó tiempo atrás. El gasto de la entrada de cine para ver el remake, podría significar un gasto adicional para adquirir la versión original en la que se ha basado dicho film (en un país idílico y sin vacíos legales en el que la piratería estuviera prácticamente erradicada; no es el caso del nuestro), en un lanzamiento doméstico que, probablemente, esté distribuido expresamente por la productora que estrenó la nueva versión ese mismo viernes. Todos salen ganando matando dos pájaros de un tiro: la productora vende dos versiones de una historia por partida doble, y el espectador enriquece su visión y criterio cinematográfico...

martes, 12 de octubre de 2010

Laringitis, fiebres, tetas, culos


¡Tengo fiebre! I'm sick! Y qué mejor que abrir el post con un vídeo renacentista como éste, que sienta de ma-ra-vi-lla en el estado en el que me encuentro. La laringitis está haciendo estragos en mi organismo, tal y como ya sucedió el pasado mes de marzo, cuando el destino quiso entorpecer por todas las vías posibles el inicio de mi Operación Macizorro.

De hecho, esta mañana me ha pasado una cosa muy curiosa. Ayer el termómetro me marcó hasta 39º de fiebre, mientras agonizaba en el sofá, viendo Kick-Ass en BD. Esta mañana, sobre las diez, cuando tocaba medicarme, marqué 38º. Como hoy es martes, tenía que pesarme para actualizar el control semanal de mi peso. Desmonto la cama (porque tras la gran sudada que me he marcado por culpa de la fiebre, era estrictamente necesario para el bien de la humanidad cambiar las sábanas cuanto antes), me pego una ducha no muy agradable (esa fiebre del demonio) y, enlegañado voy directo a la báscula.

96.8, era la cifra que marcaba. Parecía que había cogido 300 gramos de nada esta semana, algo normal, teniendo en cuenta que me comí una telepizza familiar yo solo el viernes pasado, y no hice prácticamente nada para quemarla de mi organismo. Como la báscula es muy cabrona, me vuelvo a pesar dos o tres veces más para comprobar y confirmar el resultado, y como ha sido festivo, me he vuelto a la cama a descansar aún más.

No ha sido hasta las dos del mediodía que he amanecido oficialmente para el resto del planeta Tierra. Tras asearme un poquito, una fuerza totalmente indescriptible y superior a mí me ha empujado directo a la báscula, one more time. La cabrona marcaba ahora 95.8. Después de las tres comprobaciones de rigor, he dado el peso como oficial, habiendo perdido 700 gramos esta semana.

Es uno de esos misterios de la vida. No sé si la fiebre me afectó a la vista o, simplemente, estaba demasiado sobado como para leer bien lo que marcaba la báscula. Porque me parece demasiado extraño haber perdido un puto kilo en cuatro horas xDD.

PD: A día de hoy, ya llevo perdidos 23.8 kg. desde que inició la Operación Macizorro, a finales del pasado mes de febrero. :)

martes, 5 de octubre de 2010

Planos que me ponen (I), hoy: Airbender

Como ya anuncié en la página del blog en Facebook, hoy inauguro una sección semanal en la que mostraré y comentaré planos cinematográficos que me gusten hasta tal punto que me recuerden por qué me gusta el cine.

Debo de aclarar ya que no se tratará de una sección con un día determinado, que no la actualizaré cada martes, sino que lo haré cualquier día de la semana que me de a mí la gana, como si la semana que viene me entra la vena de hacerlo el domingo a última hora y, la semana siguiente, el lunes.

Pues bien, esta semana os hablaré de unos planos de Airbender: El Último Guerrero (The Last Airbender, M. Night Shyamalan) que me tienen loquito.


La calidad de la película en sí me dejó bastante que desear. El montaje me pareció un desastre, como si hubiera sufrido un auténtico martirio a base de tijeretazos y pocos escrúpulos por parte de los estudios en la mismísima sala de edición. Todo muy atropellado, con unos personajes bastante planotes, cuya única razón de ser parece ser su presencia obligada en la película por culpa de la serie de televisión, y que no obtienen ninguna ayuda por parte de sus intérpretes: gente muy inexpresiva que, bajo la dirección de Shyamalan y sus tics (diálogos emperifollados y, en ocasiones, pretenciosos; miradas fijas…), echan al traste todo el carisma que los personajes de la serie original pudieran tener en la pantalla grande (que alguien me explique dónde está el carácter alegre y jovial del protagonista, Aang, aquí convertido en un maniquí con sentimientos difuminados en un rostro de excesiva opacidad).

No obstante, la película posee momentos realmente brillantes, pequeñas joyas donde Shyamalan nos demuestra su verdadero talento, el que a mí me gusta, el que está de vacaciones cuando me provoca vergüenza ajena con según qué cosas. Y uno de esos momentos, dejando a un lado un extraordinario plano secuencia al principio del nudo de la película, es el clímax final de la misma: una cumbre cinematográfica en medio de un desastre sinsentido, en la que el contenido dramático de la trama, la mejor dirección de Shyamalan y la extraordinaria banda sonora de James Newton Howard se funden en armonía en la mejor secuencia de todo el metraje. Los planos que más me gustan de Airbender: El Último Guerrero pertenecen a ese magnífico clímax final, que comenzaré a detallar a continuación.

Os aviso que contiene SPOILERS, así que no habéis visto la película absteneros de entrar. Si la habéis visto, adelante. Si no la habéis visto pero os importa una mierda saber el final de antemano (algo no muy difícil, la verdad), adelante.