Hace doce días exactos que no actualizo, y siento la necesidad de generar contenido. Me he medio curado de la laringitis y llevo más de una semana sin afeitarme, pero en realidad no tengo nada nuevo sobre lo que escribir (a no ser que convierta el blog en un drama venezolano), así que he pensado en dar un toque de atención a los más despistadillos, y recordaros que durante esta semana que está a punto de terminar, publiqué en
Cinefilo.es dos nuevas críticas sobre dos de los estrenos más recientes:
La Red Social, excelente nuevo trabajo de
David Fincher; y
Déjame entrar, versión estadounidense dirigida por
Matt Reeves (
Monstruoso) de la novela de
John Ajvide Lindqvist, y que no tiene nada que envidiar a la
adaptación sueca dirigida por
Tomas Alfredson y estrenada en España durante abril del año pasado.
Ya sé que mis críticas en
Cinefilo.es tienen su pequeño rincón en la barra lateral derecha, pero qué demonios, así les dedico más protagonismo.
The Social Network, David Fincher
David Fincher inició con la entrada al nuevo milenio una clase de formalización de su cine. La locura sucia y frenética hecha celuloide caracterizó su filmografía hasta
La habitación del pánico (
Panic Room, 2002), donde su dirección pasó a ser más limpia y elegante, sin dejar a un lado cierta curiosidad con la cámara, que plasmó en la pantalla con zooms imposibles en planos secuencia técnicamente intachables. Cinco años después, sorprendió a propios y extraños con la evolución de ese cine que apenas dejó vislumbrar en la película protagonizada por
Jodie Foster. A pesar de su tibia acogida por parte del público,
Zodiac (2007) llegó caída del cielo, en la que Fincher añadió a su repertorio esa sobriedad tan distante y carente de prejuicios que ya se ha convertido en marca de la casa.
La Red Social continúa por esa vertiente de forma notable. El libreto de
Aaron Sorkin
-escrito con una exquisitez precisa como un bisturí, al dotar los
diálogos de un ritmo endiablado sin dejar que perjudiquen en ningún
momento las dos horas de metraje- sirve como un aliciente perfecto para
el festín de auténtico cine que prepara
David Fincher. El film toca a pies juntillas la red social que creó Mark Zuckerberg (interpretado por un
Jesse Eisenberg en estado de gracia) en 2003,
Facebook, convirtiéndola con habilidad en un
mcguffin
para desarrollar una historia sobre ambición, dinero y traición de
corte clásico. La sobriedad de la dirección de Fincher va como anillo al
dedo a un relato ansioso de neutralidad visual y narrativa. Por
fortuna, el director de
El Club de la Lucha (
Fight Club, 1999) le corresponde con el ejercicio de estilo cinematográfico más estimulante del año...
Let Me In, Matt Reeves
Existe mucha animadversión hacia los
remakes. Casi demasiada, y enfermiza. El principal argumento en su
contra -y no precisamente carente de razón- es la falta alarmante de
ideas que impera en el cine producido en los Estados Unidos.
Adaptaciones desde otros medios (cómic, videojuegos, literatura…),
secuelas y remakes inundan la gran parte del catálogo de productos que
el cine estadounidense estrena dentro de su territorio y exporta a
mercados internacionales. Es comprensible que anuncios de remakes sobre
películas tan -relativamente- recientes como
Depredador (
Predator,
John McTiernan – 1987),
La Mosca (
The Fly,
David Cronenberg – 1986) y
Funny Games (
Michael Haneke
– 1997) provoquen cierta controversia. Estamos hablando sobre una ley
del mínimo esfuerzo por parte de productores y directores, demasiado
fácil e irresistible, pero hablamos también sobre una estrategia de
marketing que, en cierta medida, beneficia al espectador.
Producir y estrenar una nueva versión de
una película ya existente, en plena era de la información omnipresente,
conlleva relanzar en cierto modo la película original. Siempre existirá
el público vago, aquél que demuestra cierta ignorancia ante el escaso
interés en saber lo que está viendo en el cine, más allá de ver “la
película del momento” ese fin de semana; pero también existe y seguirá
existiendo el público inteligente y curioso: aquél que, con toda
probabilidad, se informará de la película que verá ese viernes en la
gran pantalla, y descubrirá -si no lo sabía de antemano- que pagará por
una nueva versión de una película que ya se estrenó tiempo atrás. El
gasto de la entrada de cine para ver el remake, podría significar un
gasto adicional para adquirir la versión original en la que se ha basado
dicho film (en un país idílico y sin vacíos legales en el que la
piratería estuviera prácticamente erradicada; no es el caso del
nuestro), en un lanzamiento doméstico que, probablemente, esté
distribuido expresamente por la productora que estrenó la nueva versión
ese mismo viernes. Todos salen ganando matando dos pájaros de un tiro:
la productora vende dos versiones de una historia por partida doble, y
el espectador enriquece su visión y criterio cinematográfico...