
Hace unos meses, el clásico me importaba un bledo. No sé muy bien por qué, pero me daba un poco igual. Quizá las energías estaban reservándose para una noche como la que viví ayer, el culmen que cualquier barcelonista, sea moderado como yo o simplemente un fanático cabeza de chorlito, sueña con vivir al menos una vez en la vida. El Barça lleva ganándole al Real Madrid desde que Pep Guardiola se convirtió en su entrenador hace más de dos años, pero desde el 2-6 en el Bernabéu, y desde la última manita hace dieciséis años, que no se vivía algo semejante.
Contra todo pronóstico (porque todos esperábamos un partido igualadísimo), la victoria del conjunto blaugrana fue escandalosamente aplastante. De principio a fin, los chicos de Guardiola bailaron lo que les dio la gana ante la impotencia de unos jugadores merengues cada vez más impotentes, humillados y furiosos. En Barcelona se tenían ganas de callar bocas, de bajarle los humos a un vestuario, a un ambiente y a un entrenador madridista arrogante, orgulloso, chulo y carente de humildad. Y así fue, con la contundencia necesaria, con el suficiente jarabe de gol que algunos descreídos se negaron a aceptar.
La vida es así, siempre hay alguien mejor que tú, y debes aceptarlo. Si no, pues allá tú por estar engañándote a ti mismo. Allá Cristiano Ronaldo y sus modales de portero chungo de discoteca de 90 millones de euros. Su actitud chulesca y sus aires de superioridad fueron anulados y hechos añicos por el fútbol en mayúsculas, el que la gente realmente quiere ver. Allá él y su empujón a Guardiola, que podría haberle costado sin ningún tipo de problema la expulsión directa; un gesto tan inmaduro como significativo ante la impotencia y la humillación que debe de sentir uno de los mejores jugadores del mundo, al no ser capaz de ganarle al Barça ni en sus mejores momentos como futbolista de forma inmediata.
Y allá Sergio Ramos y sus actos. Ya demostró en el último clásico cómo se las gastaba. Ayer simplemente se retrató como el "furgolista" paleto quinqui de barrio que es. Después de un Mundial de Sudáfrica en el que ha alcanzado la gloria junto a sus compañeros de la Selección Española, perder los papeles de esa forma con ellos es como para pensarse con qué tipo de persona puedes llegar a relacionarte. La entrada a Leo Messi (todo sea dicho, el gran ausente de ayer junto a un Mourinho escondido en la banqueta) fue lo suficientemente sucia y despectiva como para sacarle la tarjeta roja directa, algo que por fortuna terminó sucediendo; pero los empujones que les propinó a sus compañeros de Selección, Carles Puyol y Xavi, absolutamente injustificados, fueron para sacarle la roja tanto en el terreno personal como en el deportivo.
A ellos y a unos cuantos -porque no se puede ser tan vanidoso, orgulloso y creído en la vida; y porque no se puede salir a celebrar la victoria de un partido como si se hubiera ganado la más importante de las competiciones- no les vendrá nada mal la manita de humildad -y fútbol- que el Barça les pasó por la cara anoche en el Camp Nou. Da como para pensar y replantearse ciertas cosas, pese a que en el mundo del fútbol eso sería pedir demasiado.



