Esta tarde ha aterrizado en cines de toda España, una semana antes que en Estados Unidos, una de las películas Marvel más esperadas de la temporada: Thor, adaptación cinematográfica del personaje creado por Stan Lee y Jack Kirby
a principios de la década de los sesenta, y basándose en el dios del
mismo nombre de la mitología nórdica. Dirige el polifacético Kenneth Branagh.
Creo que no me equivocaría si dijera
que, la amplia mayoría de los aficionados al séptimo arte y al mundo del
cómic, nos mostramos notablemente sorprendidos ante la decisión de
elegir a Kenneth Branagh para dirigir una película sobre un personaje Marvel.
Fue totalmente inesperado, para qué nos vamos a engañar a estas
alturas, acostumbrados que estábamos a directores de quita y pon y
ligera labor para este tipo de producciones. No obstante, una película
como Thor necesitaba de un director con una experiencia en la dramaturgia como la de Branagh, distinguido miembro de la Royal Shakespeare Company.
A decir verdad, mis expectativas como espectador se vieron aumentadas con su elección. Estaba seguro que Branagh aportaría en Thor un desarrollo en los personajes y en sus relaciones que no habríamos visto en una película sobre el universo Marvel
hasta ahora. La compleja historia del personaje, repleta de matices e
historias de gloria, política, amor y traición, así lo requería. El
error en esperar demasiado de Branagh en una producción como esta reside
en pensar que él también habría escrito el guión del film, nada
infinitamente más lejos de la realidad.

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